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viernes, 25 de diciembre de 2020

8 rasgos de las personas cultas/ A. Chejov



1. Respetan la personalidad humana y, por lo mismo, son siempre amables, gentiles, educados y dispuestos a ceder ante los otros. No hacen fila por un martillo o una pieza perdida de caucho indio. Si viven con alguien a quien no consideran favorable y lo dejan, no dicen “nadie podría vivir contigo”. Perdonan el ruido y la carne seca y fría y las ocurrencias y la presencia de extraños en sus hogares.

2. Tienen simpatía no sólo por los mendigos y los gatos. Les duele el corazón por aquello que sus ojos no ven. Se levantan en la noche para ayudar a P. […], para pagar la universidad de los hermanos y comprar ropa a su madre.

3. Respetan la propiedad de otros y, en consecuencia, pagan sus deudas.

4. Son sinceros y temen a la mentira como al fuego. No mienten incluso en pequeñas cosas. Una mentira significa insultar a quien escucha y ponerlo en una posición más baja a ojos de quien habla. No aparentan: se comportan en la calle como en su casa y no presumen ante sus camaradas más humildes. No son proclives a balbucear ni obligan la confidencia impertinente de los otros. Por respeto a los oídos de otros, callan más frecuentemente de lo que hablan.

5. No se menosprecian por despertar compasión. No tensan las cuerdas de los corazones de los demás para que los otros giman y hagan algo (o mucho) por ellos. No dicen “Soy un incomprendido” o “Me he vuelto de segunda mano” porque todo eso es perseguir un efecto simplón, es vulgar, rancio, falso…

6. No tiene vanidad superflua. No se preocupan por esos falsos diamantes conocidos como celebridades, por estrechar la mano del ebrio P.*, por escuchar los arrebatos de un espectador extraviado en un espectáculo de imágenes, o ser reconocido en las tabernas. […] Si ganan unos centavos, no se pavonean como si estos valieran cientos de rublos, y no alardean de poder entrar donde otros no son admitidos. […] Los verdaderamente talentosos siempre se mantienen en las sombras entre la muchedumbre, tan lejos como sea posible del reconocimiento. Incluso Krylov** dijo que el barril vacío da un eco más sonoro que el lleno.

7. Si tienen un talento, lo respetan. Le sacrifican el descanso, las mujeres, el vino, la vanidad […]. Se sienten orgullosos de su talento […]. Además, son fastidiosos.

8. Desarrollan para sí la intuición estética. No pueden ir a dormir con la misma ropa, ven las grietas de las paredes llenas de insectos, respiran un mal aire, caminan en el piso recién escupido, cocinan sus alimentos sobre una estufa de aceite. Pretenden tanto como sea posible contener y ennoblecer el instinto sexual. […] Lo que quieren en una mujer no es una compañera de cama. […] No piden inteligencia ahí donde se manifiesta la mentira constante. Quieren, especialmente si son artistas, frescura, elegancia, humanidad, la capacidad de la maternidad. […]. No tragan vodka a todas horas, día y noche, no huelen los armarios porque no son cerdos y saben que no lo son. Beben sólo estando libres y en ocasión […]. Porque ellos quieren mens sana in corpore sano [“mente sana en cuerpo sano”].


sábado, 7 de noviembre de 2020

León el africano/ Amin Maalouf


"A mí, Hasan, hijo de Mohamed el alamín, a mí, Juan León de Médicis, circuncidado por la mano de un barbero y bautizado por la mano de un papa, me llaman hoy el Africano, pero ni de África, ni de Europa, ni de Arabia soy. 

Me llaman también el Granadino, el Fesí, el Zayyati, pero no procedo de ningún país, de ninguna ciudad, de ninguna tribu. 

Soy hijo del camino, caravana es mi patria y mi vida la más inesperada travesía. Mis muñecas han sabido a veces de las caricias de la seda y a veces de las injurias de la lana, del oro de los príncipes y de las cadenas de los esclavos. Mis dedos han levantado mil velos, mis labios han sonrojado a mil vírgenes, mis ojos han visto agonizar ciudades y caer imperios. 

Por boca mía oirás el árabe, el turco, el castellano, el beréber, el hebreo, el latín y el italiano vulgar, pues todas las lenguas, todas las plegarias me pertenecen. Mas yo no pertenezco a ninguna. No soy sino de Dios y de la tierra, y a ellos retornaré un día no lejano. 

Y tú permanecerás después de mí, hijo mío. Y guardarás mi recuerdo. Y leerás mis libros. Y entonces volverás a ver esta escena: tu padre, ataviado a la napolitana, en esta galera que lo devuelve a la costa africana, garrapateando como mercader que hace balance al final de un largo periplo. 

Pero no es esto, en cierto modo, lo que estoy haciendo: qué he ganado, qué he perdido, qué he de decirle al supremo Acreedor? Me ha prestado cuarenta años que he ido dispersando a merced de los viajes: mi sabiduría ha vivido en Roma, mi pasión en el Cairo, mi angustia en Fez, y en Granada vive aún mi inocencia."

domingo, 11 de octubre de 2020

Aprender

“Lo mejor para las turbulencias del espíritu, es aprender. Es lo único que jamás se malogra. 

Puedes envejecer y temblar, hablando; puedes velar en las noches escuchando el desorden de tus venas, puede que te falte tu único amor y puedes perder tu dinero por causa de un monstruo; puedes ver el mundo que te rodea, devastado por locos peligrosos, o saber que tu honor es pisoteado en las cloacas de los espíritus más viles. 

Sólo se puede hacer una cosa en tales condiciones: Aprender”.

M. Yourcenar 

sábado, 10 de octubre de 2020

If/ Rudyard Kipling


If you can keep your head when all about you
Are losing theirs and blaming it on you;
If you can trust yourself when all men doubt you,
But make allowance for their doubting too;
If you can wait and not be tired by waiting,
Or, being lied about, don't deal in lies,
Or being hated, don’t give way to hating,
And yet don’t look too good, nor talk too wise:

If you can dream—and not make dreams your master;
If you can think—and not make thoughts your aim;
If you can meet with triumph and disaster
And treat those two impostors just the same;
If you can bear to hear the truth you've spoken
Twisted by knaves to make a trap for fools,
Or watch the things you gave your life to broken,
And stoop and build 'em up with wornout tools;

If you can make one heap of all your winnings
And risk it on one turn of pitch-and-toss,
And lose, and start again at your beginnings
And never breathe a word about your loss;
If you can force your heart and nerve and sinew
To serve your turn long after they are gone,
And so hold on when there is nothing in you
Except the Will which says to them: "Hold on";

If you can talk with crowds and keep your virtue,
Or walk with kings—nor lose the common touch;
If neither foes nor loving friends can hurt you;
If all men count with you, but none too much;
If you can fill the unforgiving minute
With sixty seconds' worth of distance run
Yours is the Earth and everything that's in it,
And—which is more—you'll be a Man my son!


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Si...

Si puedes mantener la cabeza en su sitio cuando todos a tu alrededor
la pierden y te culpan a ti.
Si puedes seguir creyendo en ti mismo cuando todos dudan de ti,
pero también aceptas que tengan dudas.
Si puedes esperar y no cansarte de la espera;
o si, siendo engañado, no respondes con engaños,
o si, siendo odiado, no incurres en el odio.
Y aun así no te las das de bueno ni de sabio.

Si puedes soñar sin que los sueños te dominen;
Si puedes pensar y no hacer de tus pensamientos tu único objetivo;
Si puedes encontrarte con el triunfo y el fracaso,
y tratar a esos dos impostores de la misma manera.
Si puedes soportar oír la verdad que has dicho,
tergiversada por villanos para engañar a los necios.
O ver cómo se destruye todo aquello por lo que has dado la vida,
y remangarte para reconstruirlo con herramientas desgastadas.

Si puedes apilar todas tus ganancias
y arriesgarlas a una sola jugada;
y perder, y empezar de nuevo desde el principio
y nunca decir ni una palabra sobre tu pérdida.
Si puedes forzar tu corazón, y tus nervios y tendones,
a cumplir con tus objetivos mucho después de que estén agotados,
y así resistir cuando ya no te queda nada
salvo la Voluntad, que les dice: "¡Resistid!".

Si puedes hablar a las masas y conservar tu virtud.
O caminar junto a reyes, sin menospreciar por ello a la gente común.
Si ni amigos ni enemigos pueden herirte.
Si todos pueden contar contigo, pero ninguno demasiado.
Si puedes llenar el implacable minuto,
con sesenta segundos de diligente labor
Tuya es la Tierra y todo lo que hay en ella, y —lo que es más—: ¡serás un Hombre, hijo mío!

viernes, 9 de octubre de 2020

Querido mundo



Querido mundo,
mis hijos quisieran conocerte,
mas no sé cuánto tiempo
le queda a tu hermosura.

He reservado un viaje por tu espalda
para que no se pierdan tus desiertos.
Quiero que lleguen hasta tus orejas
y se deslicen por tus pabellones
hasta llegar al corazón del eco,
que griten un “te quiero”
que tiemble el universo.

Quisiera que escalaran a tu cima
agarrando la trenza de tu pelo
y que se bañen en el lago nocturno de tus ojos,
antes de que se seque.

Querido mundo,
ojalá puedan adentrarse en la cueva de tu boca,
bajar por tu garganta
y llegar al cañón del colorado,
que oigan tu digestión desde su orilla.
Enséñales a trabajar la tierra,
que labren el bancal de tus mejillas.

Querido mundo,
quisiera que mis hijos naveguen algún día
por tus arterias,
que desemboquen en el mar del plata
y acaricien el lomo a las ballenas,
si quedan cuando lleguen.

Querido mundo,
tengo previsto para ellos
una excursión andando hasta tu ombligo.
Y si el humo no vence a las estrellas,
que se tumben un rato panza arriba,
en el suave colchón de tu barriga
y conversen con ellas.
Van a crecer corriendo,
les he dicho que hay prisa
quieren irse a las guerras
como glóbulos blancos
a ver si las detienen.

Querido mundo,
como me gustaría
que mis hijos llegaran a tus montañas blancas
para que soliciten audiencia a los pingüinos
Y antes de que te vistan de asfalto por completo,
busquen la soledad de tus caminos
y entiendan que esquivar a las hormigas
es una obligación del ser humano.

Querido mundo,
llévalos a la cuna de los lobos,
De los lobos que aúllan la paz en las colinas.
Que acaricien el pelo de los osos,
que se estremezcan
con la mirada azul de los gorilas.
A ver si diera tiempo
a que el Sol les caliente desde arriba…

Magdalena S. Blesa


lunes, 28 de septiembre de 2020

Call Me by Your Name. Escena final



Escena final de "Call my by your name" (2017) 

¿Por qué cantamos?

¿Por qué cantamos?

Si cada hora viene con su muerte

si el tiempo es una cueva de ladrones

los aires ya no son los buenos aires

la vida es nada más que un blanco móvil


Usted preguntará por qué cantamos

si nuestros bravos quedan sin abrazo

la patria se nos muere de tristeza

y el corazón del hombre se hace añicos

antes aún que explote la vergüenza.


Usted preguntará por qué cantamos

si estamos lejos como un horizonte

si allá quedaron árboles y cielo

si cada noche es siempre alguna ausencia

y cada despertar un desencuentro.


Usted preguntará por qué cantamos


Cantamos porque el río está sonando

y cuando suena el río / suena el río

Cantamos porque el cruel no tiene nombre

y en cambio tiene nombre su destino.


Cantamos por el niño y porque todo

y porque algún futuro y porque el pueblo


Cantamos porque los sobrevivientes

y nuestros muertos quieren que cantemos


Cantamos porque el grito no es bastante

y no es bastante el llanto ni la bronca


Cantamos porque creemos en la gente

y porque venceremos la derrota


Cantamos porque el sol nos reconoce

y porque el campo huele a primavera

y porque en este tallo en aquel fruto

cada pregunta tiene su respuesta


Cantamos porque llueve sobre el surco

y somos militantes de la vida

y porque no podemos ni queremos

dejar que la canción se haga ceniza.


Mario Benedetti

The Elephant Man



Escena final de la muerte de Joseph Merrick: 

“Nothing will die. The stream flows, the wind blows, the cloud fleets, the heart beats. Nothing will die.”

"Nunca nada morirá. La corriente fluye, el viento sopla, la nube flota, el corazón late. Nunca nada morirá"

(Música: Adagio for strings. Samuel Barber) 


When will the stream be aweary of flowing
Under my eye?
When will the wind be aweary of blowing
Over the sky?
When will the clouds be aweary of fleeting?
When will the heart be aweary of beating?
And nature die?
Never, oh! never, nothing will die;
The stream flows,
The wind blows,
The cloud fleets,
The heart beats,
Nothing will die.

Nothing will die;
All things will change
Thro' eternity.
'Tis the world's winter;
Autumn and summer
Are gone long ago;
Earth is dry to the centre,
But spring, a new comer,
A spring rich and strange,
Shall make the winds blow
Round and round,
Thro' and thro',
Here and there,
Till the air
And the ground
Shall be fill'd with life anew.

The world was never made;
It will change, but it will not fade.
So let the wind range;
For even and morn
Ever will be
Thro' eternity.
Nothing was born;
Nothing will die;
All things will change.

All Things Will Die"

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Todas las cosas morirán,
El río azul claramente derrama su corriente
bajo mi ojo.
Cálido y amplio, el viento del sur
arrasa los cielos;
Una tras otra, las blancas nubes son derretidas.
Cada corazón que esta mañana late con pasión,
lleno de precaria alegría,
algún día, sin embargo, morirá.

La corriente dejará de fluir,
La brisa cesará su canto,
Las nubes no flotarán,
El corazón ardiente callará,
pues todas las cosas morirán.

Todas las cosas morirán.
La primavera será tempestad;
Oh, vanidad!
La muerte aguarda en el umbral.
Mira! todos nuestros amigos
abandonan el vino y la alegría...
Nos llaman, debemos ir.

Yace abajo, bien abajo.
El la Oscuridad debemos reposar.
Las risas alegres permanecen graves;
y el canto de las aves,
o el viento sobre la colina,
no volverán a ser oídos.
¡Oh Miseria!
¡Escuchen todos! la Muerte nos llama
mientras derramo mis versos.

La mandíbula cae,
La mejilla cálida empalidece,
Los fuertes brazos se abaten,
El hielo y la sangre se mezclan,
La mirada se vuelve rígida;
Nueve veces la campana resuena:

Vosotras, almas alegres, adiós.
La vieja Tierra nació,
como los hombres saben,
en años perdidos.
Pero la vieja Tierra morirá.
Dejad entonces que el cielo ruja
y que las azules olas azoten la costa.
Nunca veremos a través de la eternidad,
todas las sutilezas que nacen,
algún día ya no serán,
pues todas las cosas morirán.

Alfred Lord Tennyson


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Is true that my form is something odd,
but blaming me is blaming God;
Could I create myself anew
would not fail pleasing you.

If I could reach from pole to pole
or grasp the ocean with a span,
I would be measured by the soul
The mind´s the standard of the man.

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Es cierto que mi forma es muy extraña,
pero culparme por ello es culpar a Dios;
Si pudiera crearme a mí mismo de nuevo
procuraría no fallar en complacerte.

Si yo pudiese alcanzar de polo a polo
o abarcar el océano con mis brazos,
pediría que se me midiese por mi alma.
La mente es la medida del hombre.

Joseph Merrick


miércoles, 16 de septiembre de 2020

Una vez, un gran amor


Una vez, un gran amor partió mi vida en dos. 

La primera parte continúa hormigueando
por ahí, como una serpiente cercenada. 

Los años que han pasado me calmaron,
trayendo cura a mi corazón
y a mis ojos, paz. 

Ahora soy como quien se detiene
en el desierto de Judea,
frente a un cartel que dice
"altura a nivel del mar",
y no verá el mar, pero comprende. 

Así, recuerdo dondequiera tu rostro
"a nivel de tu rostro". 

viernes, 21 de agosto de 2020

Bárbara


Acuérdate Bárbara

Llovía sin cesar en Brest aquél día
Y marchabas sonriente
Dichosa embelesada empapada
Bajo la lluvia

Acuérdate Bárbara
Llovía sin cesar en Brest
Y me crucé contigo en la calle de Siam
Sonreías
Y yo también sonreía

Acuérdate Bárbara
Tú a quién yo no conocía
Tú que no me conocías
Acuérdate
Acuérdate pese a todo aquél día
No lo olvides

Un hombre se cobijaba en un portal
Y gritó tu nombre
Bárbara
Y corriste hacia él bajo la lluvia
Empapada embelesada dichosa
Y te echaste en sus brazos

Acuérdate de eso Bárbara
Y no te ofendas si te tuteo
Yo tuteo a todos los que amo
Aunque los haya visto sólo una vez
Tuteo a todos los que se aman
Aunque no los conozca

Acuérdate Bárbara
No olvides
Esa lluvia buena y feliz
Sobre tu rostro feliz
Sobre esa ciudad feliz
Esa lluvia sobre el mar
Sobre el arsenal
Sobre el banco d’Ouessant

Oh Bárbara
Menuda estupidez la guerra
Qué has llegado a ser ahora
Bajo esta lluvia de hierro
De fuego de acero de sangre
Y el hombre aquel que te estrechaba entre sus brazos
Amorosamente
Quizás ha muerto o desaparecido o vive todavía

Oh Bárbara
Llueve sin cesar en Brest
Como solía llover en otro tiempo
Pero no es lo mismo y todo está estropeado
Es lluvia desconsolada de duelo espantoso
Ni siquiera es ya tormenta
De hierro de acero de sangre
Simplemente nubes
Que revientan como perros
Perros que desaparecen
En el remanso de Brest
Y van a pudrirse lejos
Lejos muy lejos de Brest
Donde ya no queda nada.

Jacques Prevert

Los amores cobardes no llegan a nada



Parecía valiente con su vaso de bourbon y su pestañeo más lento de lo habitual. 
Los codos en la barra y la mirada en la puerta. 
Esperando que no pasara lo que al final iba a pasar. 
Que reapareciera ella en el último garito de la última ciudad. 
Parecía un héroe en el exilio. Un francotirador emocional. 
Y sin embargo Rick no era más que un cobarde. 
Uno que acaba en Casablanca intentando huir de sí mismo. 
Tan valiente que no es ni capaz de escuchar una canción. 
Buscaba, como buscan los débiles, la distancia para pulverizar esa determinación ciega del amor. 
Esa que convierte a todo hombre en un héroe, como decía Platón. Platón, que por algo supo ver la metadona del mundo ideal, creía en el miedo. 
Y sabía que es un sentimiento extraño que no se puede domar.

Pero no avisaba de que todo puede terminar en catástrofe cuando el miedo manda sobre todo lo demás. Cuando se convierte en el refugio en el que atrincherarse si la vida viene a despeinarnos con su huracán. Así se esconde Rick, como todos los cobardes, para tratar de controlar los daños, sin darse cuenta de que es más persistente la herida de huir que la de exponerse. 
Que si el terror no se puede mitigar tampoco se puede apaciguar el amor. 
Y el amor negado duele. 
Rick se queda en su barra, pidiendo que le disparen al corazón porque allí crece un vacío donde las balas naufragarán. 
O eso cree. Se ha quedado callado. 
Para no tener que explicarse a sí mismo su única cobardía, que es, además, la peor.

A quien le quema querer, le quema también hablar. 
Se protege en su burbuja de silencios obstinados. Silencios blindados como el de Mr. Stevens, primer mayordomo de Darlington Hall. 
Con las pupilas perdidas en cualquier lugar menos en quien le ama. 
Anthony Hopkins deja sus ojos en un punto ciego como una muralla imaginaria en Lo que queda del día cuando Emma Thompson le aborda en la habitación. 
Es el paradigma del cobarde. 
El cobarde que no puede ni mirar. 
El que no dice lo que quiere decir. 
La escena es perfecta. Lo explica todo en medio metro que parece un infinito y en un libro que se ha transformado en coraza. Hopkins se aferra a su tapa como si fuera un salvavidas. 
No puede permitir que su lectura revele algo de él. 
Sabe que lo que leemos nos desnuda. 
No está dispuesto a ceder ni un milímetro de su intimidad.

«Este es mi tiempo de privacidad. Lo está invadiendo usted». 
Emma Thompson todavía coquetea con él sin darse cuenta de que el miedo ya ha ganado. 
Se ha quedado con las fichas. Ha saltado la banca. 
Aquel pobre cobarde nunca se va a dejar. 
Ni siquiera va a apostar. 
No terminaremos de saber de dónde nace ese pavor cotidiano. 
Ese miedo que se alimenta de las heridas que quiere negar. 
Del dolor. 
Del fantasma del rechazo. 
De la culpa quizá.

De ese ladrido constante de la conciencia sabía mucho Spencer Tracy. Católico y flagelado. Esposo de una mujer que lo dejó todo para que él pudiera volar. Padre de un niño sordo. Infiel atormentado repartidor de tormentos. Amante de Loretta Young, de Betty Hanna, de Ingrid Bergman, que podría haberlo sido de Bette Davis, que lo fue finalmente de Katharine Hepburn. 
Culpable con razones, sin valor para dejar de serlo. 
A la Hepburn la amó quizá porque nunca pudo tenerla. 
Dicen que no le dijo que la quería más allá de la pantalla. 
Dicen que ella no lo pretendía escuchar. 
Que prefería a un cobarde carcomido por el peso del pecado que a un cobarde pegado a sus faldas que no la dejara respirar. O pegado a su pantalón. 
Porque aquella mujer de belleza aristada nunca fue una amante maternal. No era como las demás. 
Ella controlaba la situación. Era dueña de la valentía y del placer. 
La valentía tozuda con la que se ama a un cobarde que no se permite querer.

Así estuvo veinticinco años. 
Con el católico que prefería la penitencia a vivir con ella. 
Nunca compartieron techo ni fueron juntos de vacaciones. 
Él prometió que no abandonaría su casa cuando supo que su hijo jamás podría decir papá. 
Esa evidencia le pesaba como un pecado mortal. Y le desgarró. 
Como si el niño pagara el castigo por un padre que se había metido en tantas camas distintas al lecho conyugal. 
Parecía obviar, como obvian los cobardes, 
que quien elige ese castigo no lo reserva solo para él.

Le molestaba a Katharine Hepburn aquella anécdota que se contaba del día que se conocieron. 
Que ella le habría dicho a Tracy «soy demasiado alta para usted». 
Se lo repetían en las entrevistas aunque lo negara con ese mohín de enfado aristocrático. 
Porque estaba claro que era más alta. Porque ella sabía que no hablaban solo de centímetros. 
Sabía que solo enterrando la cobardía se puede crecer. Se puede vivir.

Parece que es el valiente el que sale tocado de esta farsa del amar sin amar. 
Se lleva, por supuesto, el golpe del que se lanza con toda la caballería y acaba en un precipicio emocional. 
Pero la peor herida es la del otro. 
La del que no se atreve. 
El que se guarda sin darse cuenta de que guardándose está perdiéndolo todo. 
Y se quedan los cobardes viviendo en una colección de condicionales que nunca son. 
Abrazaría. Diría. Haríamos. 
Y nadie abraza. Ni nadie dice. Ni nadie hace. 
Porque el cobarde prefiere su presente continuo en continua repetición. 
Como en la rueda de un hámster, dejando que la inercia decida por él.

En ese palacio de las inercias del que no es posible salir vive Hamlet, incapaz de hacer lo que tiene que hacer. 
Hamlet, cobarde máximo, portador de la súplica del fantasma de su padre, carga con la profecía de un asesinato que no puede cometer. 
«La conciencia así hace a todos cobardes». 
Y aunque ha prometido matar a su tío, rechaza la oportunidad cuando la tiene. 
Y enfunda el puñal cuando está a punto de hundirlo en su carne. 
Y no se da cuenta de que es su propia sentencia de muerte la que acaba de firmar. 
Esa es la sentencia del cobarde: la del que se decide a ejecutar cuando el momento ha pasado. 
Cuando ya no puede ser.

Hamlet se enreda en sus palabras para no actuar, construye retóricas para no pasar a la acción. 
Un hombre paralizado con el pensamiento dividido en cuatro partes: tres de cobardía y solo una de prudencia. 
Y cuando se dice ser o no ser realmente se está interrogando sobre si actuar o no actuar. 
Interrumpe Ofelia su soliloquio y Hamlet parece ponerla sobre aviso diciendo lo que no se atreverá a decirle jamás: «la hermosa Ofelia, ninfa en tus plegarias, nunca olvides mis pecados». 
Porque sabe que su verdadero pecado es el de la omisión. 
Que del mismo modo que omite la venganza, omitirá el amor. 
Hamlet no tiene el valor para cumplir su destino como no lo tiene para querer. 
Dulce, hermosa, suicida Ofelia, escucha esa plegaria que dice que no te enamores de él.

Como todos los cobardes, Hamlet espera el momento de actuar, de empezar la nueva vida del príncipe vengador. 
Pero el momento no existe sin el fogonazo de la resolución. 
Ahí está la diferencia: el cobarde cree que el momento llegará y el valiente se atreve a construirlo. Cabalga sobre el carpe diem y hace lo que tiene que hacer. Matar. Morir. Vivir. Amar. 
Ser por encima de no ser. Actuar. 
Porque esperar el momento es vivir anestesiado. 
Esperar el momento es malvivir. 
Como malvive Rick con un agujero que late doloroso en el lugar donde un día estalló su corazón.

Quizá ese es el problema. 
La obsesión por proteger el corazón. 
Quizá el cobarde solo tiene miedo del dolor. 
Quizá todo parte de la absurda idea de que para no arriesgarse al maremoto de la pena es mejor no sentir. 
«Tengo tanto miedo a perder aquello que amo que me niego a amar nada». 
Jonathan Safran Foer pone la frase en la boca de un hombre atemorizado que ni siquiera llega a confesar su pavor. 
Muchos años después, ese hombre sospecha que esas palabras habrían convertido lo imposible en posible, lo infeliz en feliz. 
Pero no las supo pronunciar. 
Tan fuerte, tan cerca es una historia de seres rotos condenados a echar de menos. 
Unos por la muerte. Otros porque se quedaron sin fuerzas para luchar. 
Es la historia de Oskar, un niño que pierde a su padre en las Torres Gemelas y que reconstruyendo el pasado se encuentra con las heridas de sus abuelos.

«Me pasé la vida aprendiendo a sentir menos.
Cada día sentía menos.
¿Eso es madurar? ¿O es algo peor?
Uno no puede protegerse de la tristeza sin protegerse al mismo tiempo de la felicidad».


La abuela de Oskar ha tenido que llegar a vieja para comprender lo que hizo mal. 
Qué fue lo que no hizo. 
Lo que se quedó sin más recuerdo que el de la frustración. 
Es fácil verlo después. 
Cuando el tiempo se ha esfumado intentando conjurar la tristeza y no queda más que el dolor. 

«Lamento que haga falta una vida para aprender a vivir, Oskar. 
Porque si pudiera volver a vivir mi vida, haría las cosas de manera distinta». 

Y la abuela avisa al nieto superdotado para que no cometa el mismo error. 
Para que reniegue del miedo. 
Para que no tenga que lamentarse cuando sea mayor.

«Entre las cosas hay una de la que no se arrepiente nadie en la tierra. 
Esa cosa es haber sido valiente». 

A la abuela de Oskar le habría ido bien leer a Borges, que sabía que el peor de los pecados es no ser feliz. 
Si su prosa está hecha de laberintos, su poesía deambula por los caminos que no se atrevió a recorrer. 
El camino del amor que le amenaza, de esa mujer que le duele en todo el cuerpo, de esa esquina por la que no se atreve a pasar. 
«Dónde estará mi vida, la que pudo haber sido y no fue», se pregunta en un soneto que tituló «Lo perdido». 
Quizá no haría falta decir más. 
Pero lo explica Borges, ya anciano, con falsa prosa, en «Posesión del ayer».

«Sé que he perdido tantas cosas que no podría contarlas y que esas perdiciones, ahora, son lo que es mío. Sé que he perdido el amarillo y el negro y pienso en esos imposibles colores como no piensan los que ven. Mi padre ha muerto y está siempre a mi lado. (…) Nuestras son las mujeres que nos dejaron, ya no sujetos a la víspera, que es zozobra, y a las alarmas y terrores de la esperanza. No hay otros paraísos que los paraísos perdidos».

El paraíso perdido es el único que les queda a los cobardes. 
El que se atisba desde el infierno de la fobia, más allá de las llamas donde arde lo que nunca fue. 
El paraíso imposible de la abuela de Oskar con la mirada siempre en el pasado. 
El de Hamlet sepultado en vida por la inacción. 
El de Spencer Tracy que nunca tuvo la altura necesaria para querer. 
El de los verbos en condicional que quieren ser conjugados en presente de verdad perfecto. 
El del libro como un escudo en las manos de un mayordomo. 
El paraíso parisino que recordaba ese falso valiente que se perdió en Casablanca cuando todo lo perdió.

Nunca te enamores de cobardes, debería haberle dicho la abuela al niño. 
Nunca te permitas temblar si no es por la pasión. 
Nunca te dejes arrastrar a ese lugar donde el peaje para no sufrir es negar la felicidad.

Marta Fernández

viernes, 14 de agosto de 2020

Generaciones

 

Antes de morir, mi madre dijo mamá, ven
mientras me miraba sin verme;
yo dije mamá, quédate  
abrazando su cuerpo diminuto
envuelto en pañales y olor a talco;
mi hija dijo mamá, no llores
y me acarició la cabeza consolándome.

 

Cuando mama murió, durante unos segundos
no tuvimos muy claros los lazos que nos unían
no supimos quién se había ido
y quién se había quedado
ni en qué momento de nuestras vidas
estábamos viviendo

o muriendo.

 

 Ana P. Cañamares 

Todo hijo es padre de la muerte de su padre



Todo hijo es padre de la muerte de su padre

"Hay una ruptura en la historia de la familia, donde las edades se acumulan y se superponen y el orden natural no tiene sentido: es cuando el hijo se convierte en el padre de su padre.
Es cuando el padre se hace mayor y comienza a trotar como si estuviera dentro de la niebla. Lento, lento, impreciso.

Es cuando uno de los padres que te tomó con fuerza de la mano cuando eras pequeño ya no quiere estar solo. Es cuando el padre, una vez firme e insuperable, se debilita y toma aliento dos veces antes de levantarse de su lugar.

Es cuando el padre, que en otro tiempo había mandado y ordenado, hoy solo suspira, solo gime, y busca dónde está la puerta y la ventana - todo corredor ahora está lejos.

Es cuando uno de los padres antes dispuesto y trabajador fracasa en ponerse su propia ropa y no recuerda sus medicamentos.

Y nosotros, como hijos, no haremos otra cosa sino aceptar que somos responsables de esa vida. Aquella vida que nos engendró depende de nuestra vida para morir en paz.

Todo hijo es el padre de la muerte de su padre.

Tal vez la vejez del padre y de la madre es curiosamente el último embarazo. Nuestra última enseñanza. Una oportunidad para devolver los cuidados y el amor que nos han dado por décadas.

Y así como adaptamos nuestra casa para cuidar de nuestros bebés, bloqueando tomas de luz y poniendo corralitos, ahora vamos a cambiar la distribución de los muebles para nuestros padres.

La primera transformación ocurre en el cuarto de baño.

Seremos los padres de nuestros padres los que ahora pondremos una barra en la regadera.

La barra es emblemática. La barra es simbólica. La barra es inaugurar el “destemplamiento de las aguas”.

Porque la ducha, simple y refrescante, ahora es una tempestad para los viejos pies de nuestros protectores. No podemos dejarlos ningún momento.

La casa de quien cuida de sus padres tendrá abrazaderas por las paredes. Y nuestros brazos se extenderán en forma de barandillas.

Envejecer es caminar sosteniéndose de los objetos, envejecer es incluso subir escaleras sin escalones.

Seremos extraños en nuestra propia casa. Observaremos cada detalle con miedo y desconocimiento, con duda y preocupación. Seremos arquitectos, diseñadores, ingenieros frustrados. ¿Cómo no previmos que nuestros padres se enfermarían y necesitarían de nosotros?

Nos lamentaremos de los sofás, las estatuas y la escalera de caracol. Lamentaremos todos los obstáculos y la alfombra.

Feliz el hijo que es padre de su padre antes de su muerte. Y pobre del hijo que aparece solo en el funeral y no se despide un poco cada día. 

Mi amigo Joseph Klein acompañó a su padre hasta sus últimos minutos.

En el hospital, la enfermera hacía la maniobra para moverlo de la cama a la camilla, tratando de cambiar las sábanas cuando Joe gritó desde su asiento:

- Deja que te ayude .

Reunió fuerzas y tomó por primera a su padre en su regazo.

Colocó la cara de su padre contra su pecho.

Acomodó en sus hombros a su padre consumido por el cáncer: pequeño, arrugado, frágil , tembloroso.

Se quedó abrazándolo por un buen tiempo, el tiempo equivalente a su infancia, el tiempo equivalente a su adolescencia, un buen tiempo, un tiempo interminable.

Meciendo a su padre de un lado al otro.

Acariciando a su padre.

Calmando a su padre.

Y decía en voz baja :

- Estoy aquí, estoy aquí, papá!

Lo que un padre quiere oír al final de su vida es que su hijo está ahí".

(Fabrício Carpinejar "Todo filho é pai da morte de seu pai" versión al español Zorelly Pedroza)

lunes, 10 de agosto de 2020

Poemas / Yalal ad-Din Muhammad Rumi



Un momento de felicidad,
tú y yo sentados en la baranda,
aparentemente dos, pero uno en alma, tú y yo.
sentimos el Agua de Vida que fluye aquí,
tú y yo, con la belleza del jardín
y el canto de las aves.
Las estrellas nos mirarán,
y les mostraremos
lo que es ser una fina luna creciente.
Tú y yo fuera de nosotros mismos, estaremos juntos,
indiferentes a conjeturas inútiles, tú y yo.
Los papagayos del paraíso harán el azúcar crujir
mientras reímos juntos tú yo.
de una forma en este mundo,
y de otra en una dulce tierra sin tiempo.


--------



No vayas a ningún lado sin mí.
No dejes que nada suceda en el cielo aparte de mí,
o sobre la tierra, en este mundo o en aquel otro,
sin mi ser en su suceso.
Visión, no veas nada que yo no vea.
Lengua, no digas nada.
La manera en que la noche se conoce con la luna,
sé eso conmigo. Sé la rosa
más cercana a la espina que soy .
Quiero sentirme en ti cuando pruebes la comida,
en el arco de tu mazo cuando trabajes,
cuando visites amigos, cuando tú solo
subas al techo por la noche.
Nada hay peor que caminar por la calle
sin ti. No sé a dónde voy.
Tú eres el camino, y el conocedor de caminos,
más que mapas, más que amor.

{

sábado, 20 de junio de 2020

Cuando las cabezas de las mujeres se juntan alrededor del fuego



Alguien me dijo que no es casual… 
que desde siempre las elegimos.

Que las encontramos en el camino de la vida, nos reconocemos y sabemos que en algún lugar de la historia de los mundos fuimos del mismo clan.

Pasan las décadas y al volver a recorrer los ríos esos cauces, 
tengo muy presentes las cualidades que las trajeron a mi tierra personal.

Valientes, reidoras y con labia.

Capaces de pasar horas enteras escuchando, muriéndose de risa, consolando. 
Arquitectas de sueños, hacedoras de planes, ingenieras de la cocina, cantautoras de canciones de cuna.

Cuando las cabezas de las mujeres se juntan alrededor de un fuego, 
nacen fuerzas, crecen magias, arden brasas, que gozan, festejan, curan, recomponen, inventan, 
crean, unen, desunen, entierran, dan vida, refunfuñan, se conduelen.

Ese fuego puede ser la mesa de un bar, 
las idas para afuera en vacaciones, 
el patio de un colegio, 
el lugar donde jugábamos en la infancia, 
el salón de una casa, 
el corredor de una facultad, 
una cerveza en el parque, 
la señal de alarma de que alguna nos necesita 
o ese tesoro incalculable que son las quedadas a dormir en la casa de las otras.

Las de adolescentes después de un baile, 
o para preparar un examen, 
o para cerrar una noche de cine. 
Las de “vente el sábado” porque no hay nada mejor que hacer en el mundo 
que escuchar música, y hablar, hablar y hablar hasta cansarse.

Las de adultas, a veces para asilar en nuestras almas a una con desesperanza en los ojos, 
y entonces nos desdoblamos en abrazos, 
en mimos, en palabras, 
para recordarle que siempre hay un mañana. 

A veces para compartir, departir, construir, 
sin excusas, solo por las meras ganas.

El futuro en un tiempo no existía. 

Cualquiera mayor de 25 era de una vejez no imaginada…
y sin embargo… detrás de cada una de nosotras, nuestros ojos.

Cambiamos. Crecimos.

Nos dolimos. Parimos hijos. Enterramos muertos.

Amamos. Fuimos y somos amadas.

Dejamos y nos dejaron.

Nos enojamos para toda la vida, 
para descubrir que toda la vida es mucho y que no valía la pena.

Cuidamos y en el mejor de los casos nos dejamos cuidar.

Nos casamos, nos juntamos, nos divorciamos. O no.

Creímos morirnos muchas veces, y encontramos en algún lugar la fuerza de seguir.

Bailamos con un hombre, pero la danza más lograda la hicimos para nuestros hijos al enseñarles a caminar.

Pasamos noches en blanco, noches en negro, noches en rojo, noches de luz y de sombras.

Noches de miles de estrellas y noches desangeladas.

Hicimos el amor, y cuando correspondió, también la guerra.

Nos entregamos. Nos protegimos.

Fuimos heridas e inevitablemente, herimos.

Entonces… los cuerpos dieron cuenta de esas lides, pero todas mantuvimos intacta la mirada. 
La que nos define, la que nos hace saber que ahí estamos, que seguimos estando y nunca dejamos de estar.

Porque juntas construimos nuestros propios cimientos en tiempos donde nuestro edificio recién se empezaba a erigir.
Somos más sabias, más hermosas, más completas, 
más plenas, más dulces, más risueñas 
y por suerte, de alguna manera, más salvajes.

Y en aquel tiempo también lo éramos, sólo que no lo sabíamos. 
Hoy somos todas espejos de las unas y al vernos reflejadas en esta danza me emociono.

Porque cuando las cabezas de las mujeres se juntan alrededor del fuego que deciden avivar con su presencia, hay fiesta, hay aquelarre, misterio, tormenta, centellas y armonía.

Como siempre. Como nunca. Como toda la vida.

Para todas las brasas de mi vida, las que arden desde hace tanto, y las que recién se suman al fogón.”

Simone Seija Paseyro 

martes, 19 de mayo de 2020

Tan solo eso

"Estabas profundamente dormida. Por la ventana entraba el sol primaveral de Manhattan y se derramaba sobre tu cuerpo desnudo. Una dulce brisa hacía danzar las cortinas con delicadeza. Me incorporé para apoyarme en el respaldo de la cama y encender un cigarro. Todo era fulgor y magia, aquella mañana, en aquel espantoso piso. Solos, toda la belleza del mundo y yo, envueltos en dragones de humo Marlboro.

Mientras, en el piso de Bruce, mi vecino, comenzó a sonar aquella canción de Bill Evans, "Peace Piece", que se filtraba suavemente a través de las ventanas abiertas y las finas paredes. Por unos instantes, acunado por aquellas maravillosas notas de piano, olvidé que te irías al día siguiente y para siempre. Te juro que lo olvidé. Y entonces entendí, y esto no lo olvidé jamás, que tan solo somos recuerdos en la vida de aquellos que se niegan a olvidarnos.
Solo eso.
Tan solo eso.
Después me dormí, abrazándote por detrás, deseando que aquel momento no terminase nunca"

Raymond Chandler

martes, 5 de mayo de 2020

Conciencia de clase

Cuenta la leyenda urbana que en un pueblo del País Vasco hubo una bomba que llegó a tierra pero nunca estalló. La bomba quedó incrustada en el medio de la plaza central del pequeño poblado. Los pobladores sorprendidos y asustados no se animaron a moverla, y mucho menos desarmarla. Allí permaneció años durante el gobierno de Franco como un símbolo aleccionador. Representaba la muerte, el poder del régimen y el castigo a quien se revelara.
Un día de primavera, por la mañana, Julen se cansó del detalle del paisaje que arruinaba la plaza. Buscó herramientas, pidió ayuda que no encontró, y se decidió a desarmar y quitar el artefacto. Las primeras horas trabajó solo, ante la mirada lejana de sus coterráneos. Para el mediodía ya contaba con la ayuda de sus amigos, pues si de algo hay que morir, que sea junto a los amigos. Para la media tarde todo el pueblo estaba en la plaza, expectante y colaborando como pudiera.
Antes del anochecer la habían desarmado, subido a una carreta, y decidido que la iban a llevar al pueblo vecino, donde se encontraba la sede municipal de la región. Pero lo interesante de la historia fue lo que encontraron dentro de la ojiva, es decir, la punta o cabeza de la bomba; la parte que viaja del lado de abajo cuando una bomba es lanzada y posee el detonador. Allí, junto a cables y piezas de metal, hallaron un papel manuscrito que contenía solo unas pocas palabras. Pensaron que tal vez indicara el lugar donde fue hecha, sus componentes, o algunas instrucciones de uso, pero de todos modos despertó la curiosidad del pueblo.
Claramente no era en vasco, en castellano, ni en inglés. Era aparentemente alemán. En el pueblo, había una sola persona que podía llegar a descifrar la escritura: Mirentxu, quien de pequeña, por el trabajo de su padre había estado algunos años en Hamburgo. Mirentxu naturalmente estaba en la plaza. Fue solicitada y tomó el papel. Se tomó algunos segundos, que no fueron más de medio minuto. Ordenó en su mente las palabras, la gramática, y para cortar con el suspenso dijo mirando a todos sus vecinos (que al mismo tiempo la miraban en silencio): “Salud. De un obrero alemán que no mata trabajadores”.
Nadie se movió de la plaza las siguientes horas. Discutieron, hicieron conjeturas, e interpretaron de mil maneras el manuscrito.
Finalmente, antes de la media noche, por unanimidad el pueblo decidió que la bomba no se iría, incluso, volvería a su lugar. A partir de ese momento la bomba en la plaza comenzó a simbolizar la resistencia, el fin del miedo, y el poder de un pueblo con conciencia de clase. Todo ello como regalo de un obrero alemán que, en medio de la dictadura nazi, se jugó la piel, y dejó claro que ni el miedo, ni el régimen lo iban a poder hacer matar trabajadores.

martes, 14 de abril de 2020

Cuando la tormenta pase/ Alexis Valdés




Cuando la tormenta pase

y se amansen los caminos

y seamos sobrevivientes

de un naufragio colectivo.


Con el corazón lloroso

y el destino bendecido

nos sentiremos dichosos

tan sólo por estar vivos.


Y le daremos un abrazo

al primer desconocido

y alabaremos la suerte

de conservar un amigo.


Y entonces recordaremos

todo aquello que perdimos

y de una vez aprenderemos

todo lo que no aprendimos.


Ya no tendremos envidia

pues todos habrán sufrido.

Ya no tendremos desidia

Seremos más compasivos.


Valdrá más lo que es de todos

Que lo jamás conseguido

Seremos más generosos

Y mucho más comprometidos


Entenderemos lo frágil

que significa estar vivos

Sudaremos empatía

por quien está y quien se ha ido.


Extrañaremos al viejo

que pedía un peso en el mercado,

que no supimos su nombre

y siempre estuvo a tu lado.

Y quizás el viejo pobre

era tu Dios disfrazado.


Nunca preguntaste el nombre

porque estabas apurado

Y todo será un milagro

Y todo será un legado

Y se respetará la vida,

la vida que hemos ganado.


Cuando la tormenta pase

te pido Dios, apenado,

que nos devuelvas mejores,

como nos habías soñado.

lunes, 13 de abril de 2020

Consecuencias del liberalismo económico

A día de hoy, la malaria, el SIDA, el hambre (ojo a esto, EL HAMBRE) han matado al doble, el triple y el cuadruple de personas que el coronavirus. Nuestra reacción frente a la epidemia, revestida de una solidaridad intachable en muchos sectores de la sociedad, tiene también un fondo de egoísmo sonrojante, que solo puede ser explicado en base al capitalismo y su influencia cultural. Los males solo son graves cuando tocan a la puerta de nuestras casas y cuando ponen en riesgo nuestro modelo económico. El hambre o la malaria son solo pequeñas noticias al lado de un terremoto en Katmandú o de los resultados de las elecciones en Namibia.
El liberalismo imperante, una ideología y teoría económica basada en la competititvidad, se ha mostrado incapaz de hacer frente a un virus igualador, que sesga vidas sin tener en cuenta clases sociales, religión o raza. Y ahora el velo comienza a caer.
Milton Friedman es considerado el economista más influyente del siglo xx. Friedman fue asesor para los gobiernos de Ronald Reagan en Estados Unidos y Margaret Thatcher en el Reino Unido.
El sentó las bases del liberalismo, su visión de la macroeconomía domina todas nuestras vidas, cada cosa que compramos, cada cosa que contratamos, cada empleo que aceptamos, pero también cada cosa que ansiamos o por/contra la que luchamos..En el documental Chicago Boys, donde se analizan las desastrosas consecuencias que tuvieron las teorías de Friedman aplicadas por sus discípulos en Chile, podemos ver a Friedman definir su teoría económica con estas palabras;
“Cada día todos tomamos decisiones que involucran riesgos. A veces son riesgos grandes, como cuando decidimos que profesión seguir, o con quién casarnos. Más frecuentemente son pequeños riesgos, como cuando decidimos cruzar la calle si hay tráfico. Pero cada vez, la pregunta es: ¿Quién debe tomar la decisión, nosotros o alguien más? Nosotros podemos tomar la decisión solo si nosotros asumimos las consecuencias.  Ese es el sistema económico que ha transformado nuestra sociedad”. Prestemos atención a esta parte: Nosotros podemos tomar la decisión solo si nosotros asumimos las consecuencias.
Ahora bien ¿qué consecuencias reales pagaron Goldman Scahs o AGS tras provocar la mayor crisis económica de la historia en 2008 más allá de ser rescatadas gracias a una política marcadamente liberal de desregulación de los mercados? ¿Qué consecuencias pagaron las entidades financieras en Europa tras la crisis de la pasada década merced a esa misma desregulación liberal que les permitió hacer y deshacer en los años de bonanza? ¿Acaso alguna vez, bajo los parámetros del liberalismo, ha asumido  realmente alguna empresa financiera "las consecuencias de sus riesgos"? ¿Alguien cree que desaparecerá la sanidad privada de este país cuando todo esto termine? ¿Cómo podemos asumir como normal que tengamos que pagar con nuestros impuestos el sueldo de futbolistas millonarios? ¿Desaparecerán los sueldos indecentes de todos aquellos que ahora claman por la ayuda estatal en todas las partes del globo después de haber hecho de su vida y trabajo una causa contra el estado del bienestar?
Llega una nueva tipología de crisis y vemos a patronales de todos los países de la UE recurrir a ERTES y fórmulas similares. Los grandes empresarios, grandes defensores de las teorías económicas de Friedman, basadas en reducir la tarea del Estado a la mínima expresión, los grandes haters del keynesianismo, ahora piden entre lágrimas la intervención de Papá Estado. Su Arcadia perfecta les ha vuelto a fallar. Y nosotros, los currelas, los que de verdad tenemos que asumir cada día las verdaderas consecuencias de nuestras decisiones, seguiremos tragando, como auténticos gilipollas.
"El mercado sabe más que cualquier gobierno. La avaricia de los consumidores promueve el bienestar a largo plazo." , otro de los mantras de Milton Friedman, una barbaridad, de una sociopatía enfermiza, que ha guiado durante casi 50 años la economía de la inmensa mayor parte de los países y, lo que es peor, que millones de ciudadanos hemos asumido como lógica.
A día de hoy, si sumamos todo el valor de los mercados mundiales, estos son casi 300 veces la suma de los PIB de todos los países del planeta. En 1950, esa cifra era prácticamente antagónica: el valor de los PIB de todos los países era 270 veces mayor que el valor de todas los mercados del mundo. ¿Cómo podemos creer que realmente el poder está en las manos de la democracia? ¿Cómo hemos podido permitir esta barbaridad?
Pero el gran mérito de Friedman no es solo cuantitativo, es también cultural. La gente, sobre todo los anglosajones, protagonistas esenciales de la economía mundial desde hace más de un siglo, aceptaron esta transición abyecta e indecente. Friedman asesoró a Reagan y Tatcher y consiguió cimentar la idea del éxito en el imaginario de la clase media de todo Occidente. No hay que irse muy lejos para ver a personas de extracción social baja aplaudir las donaciones de un millonario que recurre a ingeniería económica para pagar menos impuestos. La semilla del liberalismo impera en nuestras vidas, en nuestra sanidad, en nuestra forma de concebir el presente y el futuro y lo que es peor, en nuestra forma de educar y concebir el éxito.
Y ha tenido que llegar una nueva tipología de crisis para hacernos entender que el éxito no es mas que un intangible estúpido. Una crisis que trasciende a lo económico y afecta al ámbito de lo humano y de lo moral. El coronavirus debería devolvernos a esa reflexión humanista bajó la que se construyó la Comunidad Europea: la defensa de los derechos de la ciudadanía y un Estado del Bienestar. Hoy, vemos como todo ha fallado. La UE se fractura por el egoísmo del Norte y los ciudadanos del Sur comienzan a entender que la UE no es más que una pútrido nido de neoliberales decadentes, dominados por lobbys, por el peso de los datos macroeconómicos y por el balance de esa sempresas a las que compramos móviles, coches y productos farmacéuticos. Cada paso que damos va encaminado a aumentar las libertades y derechos de los que tienen más, robándoselas a los que tienen menos. Un virus ha tenido que llegar para democratizar el miedo y tocar a las puertas de todos, absolutamente todos. Una epidemia para darnos cuenta que este sistema es solo un atrezzo, que nuestras ambiciones vitales, gestadas durante décadas de educación capitalista, son ridículas frente a lo realmente importante. Que la solidaridad no puede ser una forma de agradecimiento, un aplauso a una hora dada, sino que debe ser la columna vertebral de todo estado y sistema económico.
Ayer escuché a Anguita decir que vivimos "un pequeño infierno que podría ser mucho peor, sino fuese por los resquicios que el socialismo dejó en nuestro sistema".
Gramsci dijo: "Si el peor de los infiernos puede salvarnos de la mayor de las mentiras, preparémonos para el infierno". Pues venga, tal vez esté pecando de optimista, pero  preparémonos.

Dani Méndez 

jueves, 26 de marzo de 2020

Se deja de querer/ J. Buesa

Se deja de querer, y no se sabe
por qué se deja de querer:
Es como abrir la mano y encontrarla vacía,
y no saber, de pronto, qué cosa se nos fue.

Se deja de querer, y es como un río
cuya corriente fresca ya no calma la sed;
como andar en otoño sobre las hojas secas,
y pisar la hoja verde que no debió caer.

Se deja de querer, y es como el ciego
que aún dice adiós, llorando, después que pasó el tren;
o como quien despierta recordando un camino,
pero ya sólo sabe que regresó por él.

Se deja de querer, como quien deja
de andar por una calle, sin razón, sin saber;
y es hallar un diamante brillando en el rocío,
y que, ya al recogerlo, se evapore también.

Se deja de querer, y es como un viaje
detenido en la sombra, sin seguir ni volver;
y es cortar una rosa para adornar la mesa
y que el viento deshoje la rosa en el mantel.

Se deja de querer, y es como un niño
que ve cómo naufragan sus barcos de papel;
o escribir en la arena la fecha de mañana
y que el mar se la lleve con el nombre de ayer.

Se deja de querer, y es como un libro
que, aun abierto hoja a hoja, quedó a medio leer;
y es como la sortija que se quitó del dedo,
y sólo así supimos que se marcó en la piel.

Se deja de querer, y no se sabe
por qué se deja de querer...

martes, 24 de marzo de 2020

Éramos felices y no lo sabíamos


Qué harás cuando acabe todo esto?

Repartir sonrisas, besos y abrazos?

reunirte con los amigos, con la familia?

tocar a quien amas?

compartir cuanto tienes?

dejar de lado cualquier roce o agravio?

retomar donde lo dejaste?

recuperar lo que perdiste?

volver a los lugares que dejaste atrás?

salir de bares, de copas, de cañas, de tapas?

bailar, trasnochar, desfasar, tener sexo?

ir a conciertos, museos, teatros, monólogos?

pasear, bañarte en el mar, tumbarte en la arena,

sentarte en el banco de un parque, bajo un árbol,

disfrutar de la naturaleza,

de los niños, de los animales,

de todo lo que rebose vida?

viajar, conocer gente, ciudades, culturas,

compartir vagones y asientos con extraños?


Parece que haya pasado un siglo.

Olvidaremos todo lo que aprendimos en estas cuatro paredes?

Volveremos a mirar, a admirar, a aplaudir,

a llorar, a reír, a querer a nuestros hermanos desde los balcones?

Volver para ser otros.

Somos así de estúpidos.

Éramos felices y no lo sabíamos.

Heal and breath again


In Chinese Medicine, the lungs are where we process grief. When we hold onto grief, when it goes unacknowledged, we become congested.
Grief makes it hard to breathe.
Last year, the world watched in horror as the Amazon Rainforest- known as the lungs of the Earth- was ravaged by fire.
A few months later, a respiratory disease known as the coronavirus began to make its way across the world.
Both were a direct result of the livestock industry, which also happens to be one of the largest emitters of greenhouse gas into our atmosphere.

Whether you choose to call this cause and effect, poetic symbolism, or simple coincidence, two things have become abundantly evident in the time of the coronavirus: our connectedness and our vulnerability.
Much of the alarm we are experiencing is not due to the virus itself- the majority of people infected present mild symptoms adn eventually recover- but rather the speed at which it has spread, which is a direct result of our modern world and how small it has become.

We have seen how entire species and ecosystems have suffered at the hands of the Anthropocene, all the while deluding ourselves into thinking that we are immune.
But unlike many incarnations of the ecolgical crisis, the coronavirus does not discriminate amongst it targets. Citizens, celebrities, and world leaders alike are susceptible to its reach.

Never has its been more clear how interconnected we are- how inseparable we are from this collective body that we call the world. Like cells, when one of us falls ill, we are all at risk. And like cells, we must each do our part to listen and respond. Nature is trying to tell us something.
She is crying out in grief, and the worst thing we could do is ignore her warning. For too long we have quarantined ourselves from the Earth, and the damage we have done.

If we continue on the track we are on, the coronavirus is likely but a taste of what's to come. We should be grateful that for many of us, this is our first pandemic as a global community, for it will give us an opportunity to prepare for the future and hopefully decide a new course of treatment. As a friend of mine said recently, we must never waste a good crisis.

It is a principle of Chinese Medicine that physical aliments are manifestations of deeper imbalance. The coronavirus isn`t a disease, it's a symptom - a symptom of our perceived isolation and immunity. 

Now is the time to be humbled by our fragility and fortified by our ability to unify, even if not physically.
To listen to our bodies- our body- and remember that there is only one flesh we can wound.
To acknowledge our grief so that we can begin to heal, and breathe again.


@willwrights 

domingo, 22 de marzo de 2020

Un virus democratizador

"Resulta que ahora, dicen los titulares, hemos descubierto gracias al coronavirus que el ser humano solo puede sobrevivir gracias a la ayuda colectiva. Pero yo me pregunto, ¿lo descubrimos con la pandemia del sida en los años 80 y 90? Pues ya os digo yo que no, porque eso era cosa de maricones, de putas y drogadictos. ¿Aprendimos algo con la epidemia de Ébola en 2016? Qué va, eso era para negros y para los que se metían en países que no debían. ¿Salimos a los balcones a aplaudir por los afectados de la crisis económica de 2008? ¿Para qué? Eso era asunto de pobres. No nos engañemos, hemos descubierto la colectividad solo porque esta enfermedad ha golpeado de lleno a la crème de la crème de Occidente -todo eran risas cuando causaba estragos en China, ¿verdad?-. Y, precisamente, por la democratización del virus hemos visto como cae el rico, el blanco, el hetero y el de la derechita cobarde. Así que, de pronto, nos hemos visto amenazados y, de forma automática, se han puesto en marcha todos los mecanismos para salvaguardarnos. Así que hemos descubierto esa supuesta colectividad solo porque somos una enorme cabeza neoliberal que se mueve al unísono y, si se toca uno de sus componentes, se derrumba la pirámide entera. No, hijos míos, esto no es solidaridad colectiva. Es miedo. Sí, la verdad sea dicha: nos hemos unido porque estamos cagados. Porque con esto no solo pueden morir negros, maricones, inmigrantes o pobres. Y porque, en realidad, nunca pensábamos que esto nos tocaría a nosotros, punta de la pirámide del privilegio. Hemos creado esta cadena de unión internacional porque encima de todo no hay ningún colectivo al que culpabilizar y, ante la falta de cabezas de turco, nos hacemos arrumacos psicológicos y nos consolarnos unos a otros con resignación sin poder echar mierda por la boca. Lo único que me gustaría es que esta crisis nos sirva para hacernos reflexionar, y no solo para montar festivales musicales en los balcones, tan necesarios para no darnos tiempo a pensar. Si esto puede servir para algo, que sea para que, cuando salgamos de esta, dejemos de hacer burda ostentación de nuestros privilegios occidentales y miremos un poquito más hacia los márgenes. Nos hemos unido porque estamos cagados."

(Carlos Barea)

sábado, 21 de marzo de 2020

Cooperación, no competición

"Hace años, un estudiante le preguntó a la antropóloga Margaret Mead cuál consideraba ella que era el primer signo de civilización en una cultura. El estudiante esperaba que Mead hablara de anzuelos, ollas de barro o piedras de moler.

Pero no. Mead dijo que el primer signo de civilización en una cultura antigua era un fémur que se había roto y luego sanado. Mead explicó que en el reino animal, si te rompes una pierna, mueres. No puedes huir del peligro, ir al río a tomar algo o buscar comida. Eres carne de bestias que merodean. Ningún animal sobrevive a una pierna rota el tiempo suficiente para que el hueso sane.

Un fémur roto que se ha curado es evidencia de que alguien se ha tomado el tiempo para quedarse con el que se cayó, ha vendado la herida, le ha llevado a un lugar seguro y le ha ayudado a recuperarse. Mead dijo que ayudar a alguien más en las dificultades es el punto donde comienza la civilización"




(Ira Byock).

miércoles, 18 de marzo de 2020

Fuck Capitalism

Take a break, find your kindness. 
Capitalism wants us to compete, 
to hate each other, 
to fight each other, 
to grow tribal in the manifestations of our values and ideas. 
But today, say we will not do those things. 
We will make a hot tub in the yard with an old Rubbermaid, 
sing some songs, deliver things to neighbours, 
clean up the playground, make art, send mail, 
play games, dance, cook, work, 
learn a new house job that someone else always does, share. 
I love you, get on the swing set, pendulum, whatever this is… 
its going to be a lot of a lot over the coming months… 
we’ ve been preparing for this. 
And just in case, 
if anyone needs twenty bucks – I have two-, 
a phone call, a song, a poem, a reminder to get outside, 
a wish, a recipe, how to change your cars oil or check car basics, 
some tips for starting seeds, help because your toilet isn’t flushing, 
garden planning, I can give it to you. 
The sharing economy has arrived.

No tocarnos

Estos días frenéticos y extraños sufrimos unos pocos grandes dramas y muchísimos dramas pequeños. Los primeros —los muertos, los enfermos, los positivos, los trastornos de vidas y haciendas— salen en bucle en las noticias. Los segundos, íntimos, invisibles y sin reflejo en el producto interior bruto, son las procesiones que llevamos por dentro. Pienso en aquellos que anhelan tocar y ser tocados y no van a poder serlo durante un periodo indefinido de tiempo. No hablo, no solo, de lo que están pensando. Hablo del contacto físico ajeno nos hace sentir vivos.

De esos presos que esperan el careo piel con piel con los suyos como el litio que les permite seguir cuerdos. De esas parejas que no pueden quitarse las manos de encima autosometidas a una orden de alejamiento de un metro que, para el caso, viene a ser un mundo. De esos ancianos conviviendo en sus residencias con el doble fantasma de la soledad y el miedo mientras les asean extraños con mascarilla y guantes de látex. No hablo de civismo, ni responsabilidad, ni sentido de Estado. De eso ya hablan las noticias. Hablo de cómo nos tocará el alma no tocarnos hasta nueva orden.

Va a ser verdad que todo está contado y cantado. Que este era el muro de metacrilato que no nos deja olernos ni manosearnos de Kiko Veneno. El no tocarte y pasar todo el día junto a ti de Radio Futura. El ángel exterminador de Buñuel que nos acongoja, nos acojona y no nos deja salir teniendo todas las puertas abiertas. Y todo, mientras fuera estalla una gloriosa primavera con millones de adolescentes expulsados de las aulas viviendo en propia carne la lucha entre el mandato social de no tocarse y el hormonal de comerse a besos. 

Es pronto para saber cómo es el amor en los tiempos del coronavirus. Si habrá una explosión de onanismo o un pico de natalidad de fin del mundo. 

Lo difícil, si la alerta se eterniza, será decidir si vivir sin tocarnos es vida.

Luz Sánchez Mellado (El País)

Happy new year/ Julio Cortázar



Mira, no pido mucho,

solamente tu mano, tenerla

como un sapito que duerme así contento.

Necesito esa puerta que me dabas

para entrar a tu mundo, ese trocito

de azúcar verde, de redondo alegre.

¿No me prestás tu mano en esta noche

de fìn de año de lechuzas roncas?

No puedes, por razones técnicas.

Entonces la tramo en el aire, urdiendo cada dedo,

el durazno sedoso de la palma

y el dorso, ese país de azules árboles.

Asì la tomo y la sostengo,

como si de ello dependiera

muchísimo del mundo,

la sucesión de las cuatro estaciones,

el canto de los gallos, el amor de los hombres.


domingo, 15 de marzo de 2020

Las uvas de la ira/ El capitalismo canalla



“Y en los ojos de la gente hay una expresión de fracaso, y en los ojos de los hambrientos hay una ira que va creciendo. 
En sus almas las uvas de la ira van desarrollándose y creciendo, y algún día llegará la vendimia.”

(Las uvas de la ira/ John Steinbeck)

Se cumplen 80 años del estreno de Las uvas de la ira de John Ford. Basada en una página real de la historia de los Estados Unidos: el Dust Bowl. Una sequía que duró siete años, tras los cuales llegaron brutales inundaciones, y se extendió desde el golfo de México hasta Canadá. Tres millones de personas dejaron sus granjas durante la década de 1930. El desastre medioambiental, que se unió a la Gran Depresión, se caracterizó por inmensas nubes de polvo y arena que escondían la luz del sol y a las que llamaron “ventiscas negras” o “viento negro”. Un escenario totalmente apocalíptico.

Y a la bíblica desolación se unieron las deudas de bancos usureros que concedían créditos abusivos, los desahucios, el hambre y en algunos casos hasta la muerte por inanición.

Lo más duro de la novela es el certero reflejo de la injusticia y deshumanización que conlleva el capitalismo. No solo muestra a los que se aprovechan de manera mezquina de los necesitados, también de la competitividad entre esos necesitados, gente que está lejos de enfrentarse al enemigo que los oprime de verdad. Por eso la novela y la película siguen, todavía hoy, tan vigentes. Y lo más irónico es que esta película, de evidente mensaje anticapitalista, fue prohibida por Stalin porque mostraba que hasta los estadounidenses más pobres ¡podían comprarse coches!

Y aunque hoy nos parezca terrible, en la población donde nació Steinbeck (Salinas, una de las ciudades a las que huían los jornaleros) le amenazaron de muerte y tuvo que abandonarla. Sus vecinos llegaron a organizar quemas públicas de sus obras, en plan nazi. Afortunadamente, décadas después los descendientes de aquellos hambrientos jornaleros construyeron un centro para honrar la memoria de Steinbeck.

Ford fue un hombre ideológicamente contradictorio, un tipo de ideas conservadoras pero que era capaz de rodar Las uvas de la ira o ¡Qué verde era mi valle! (sobre una humilde familia de mineros) y de hacer películas en favor de los indios (Otoño Cheyenne), los negros (El sargento negro) y las mujeres (Siete mujeres). Pero, en Holywood, muchos pensaron que la elección de Ford para la adaptación de la novela de Steinbeck era extraña y arriesgada. El resultado fue otra sensible y poética película, una de las más grandes obras de su filmografía.

El proyecto de Twentieth Century-Fox de adaptar la novela Steinbeck era de los más mimados y deseados del estudio. El impacto social de la novela, que habla del sufrimiento de unos jornaleros emigrantes en la Gran Depresión, fue tan importante que inspiró un movimiento en el Congreso norteamericano para aprobar una legislación en favor de los jornaleros del campo. Y todo lo consiguió un libro, algo que hoy es realmente impensable.

Las uvas de la ira acabó siendo la novena película más taquillera del año en Estados Unidos y logró dos Oscar. Pero si por algo será siempre recordada La uvas de la ira es por su maravilloso final. En él, Ma, uno de los personajes femeninos más grandes de la historia del cine, anima a su gente, a su familia, que se dirige a un nuevo trabajo como jornaleros: “La mujer se adapta mejor que el hombre. Los hombres vivís como si fuera a golpes. Nace un niño, muere alguien... a golpes. Tienes tu tierra y te la quitan. Otro golpe. Pero la mujer vive las cosas más seguidas, como un río. Hay remolinos y cascadas, pero el agua sigue andando siempre. Las mujeres somos de esa manera. Nacen y mueren nuevos seres, y sus hijos nacen y mueren también. Pero nosotros estamos vivos y seguimos caminando. No pueden acabar con nosotros ni aplastarnos, saldremos siempre adelante. Porque somos la gente”.

La novela de Steinbeck no acababa así, acababa de forma más triste, oscura, demoledora. La joven Rosaharn Rivers da a luz a un bebé muerto y acaba ofreciendo sus pechos, llenos de leche, a un hombre que se está muriendo de hambre. Nadie hubiese aceptado eso en una sala de cine en 1940 y nadie en Hollywood hubiese permitido estrenar una película con un final tan bestia y, desgraciadamente, tan real.

jueves, 12 de marzo de 2020

La sociedad del coronavirus


Enorme la reflexión del psicólogo F. Morelli, que circula entre nuestros queridos vecinos italianos:
“Creo que el universo tiene su manera de devolver el equilibro a las cosas según sus propias leyes, cuando estas se ven alteradas. Los tiempos que estamos viviendo, llenos de paradojas, dan que pensar...
En una era en la que el cambio climático está llegando a niveles preocupantes por los desastres naturales que se están sucediendo, a China en primer lugar y a otros tantos países a continuación, se les obliga al bloqueo; la economía se colapsa, pero la contaminación baja de manera considerable. La calidad del aire que respiramos mejora, usamos mascarillas, pero no obstante seguimos respirando...
En un momento histórico en el que ciertas políticas e ideologías discriminatorias, con fuertes reclamos a un pasado vergonzoso, están resurgiendo en todo el mundo, aparece un virus que nos hace experimentar que, en un cerrar de ojos, podemos convertirnos en los discriminados, aquéllos a los que no se les permite cruzar la frontera, aquéllos que transmiten enfermedades. Aún no teniendo ninguna culpa, aún siendo de raza blanca, occidentales y con todo tipo de lujos económicos a nuestro alcance.
En una sociedad que se basa en la productividad y el consumo, en la que todos corremos 14 horas al día persiguiendo no se sabe muy bien qué, sin descanso, sin pausa, de repente se nos impone un parón forzado. Quietecitos, en casa, día tras día. A contar las horas de un tiempo al que le hemos perdido el valor, si acaso éste no se mide en retribución de algún tipo o en dinero. ¿Acaso sabemos todavía cómo usar nuestro tiempo sin un fin específico?
En una época en la que la crianza de los hijos, por razones mayores, se delega a menudo a otras figuras e instituciones, el Coronavirus obliga a cerrar escuelas y nos fuerza a buscar soluciones alternativas, a volver a poner a papá y mamá junto a los propios hijos. Nos obliga a volver a ser familia.
En una dimensión en la que las relaciones interpersonales, la comunicación, la socialización, se realiza en el (no)espacio virtual, de las redes sociales, dándonos la falsa ilusión de cercanía, este virus nos quita la verdadera cercanía, la real: que nadie se toque, se bese, se abrace, todo se debe de hacer a distancia, en la frialdad de la ausencia de contacto. ¿Cuánto hemos dado por descontado estos gestos y su significado?
En una fase social en la que pensar en uno mismo se ha vuelto la norma, este virus nos manda un mensaje claro: la única manera de salir de esta es hacer piña, hacer resurgir en nosotros el sentimiento de ayuda al prójimo, de pertenencia a un colectivo, de ser parte de algo mayor sobre lo que ser responsables y que ello a su vez se responsabilice para con nosotros. La corresponsabilidad: sentir que de tus acciones depende la suerte de los que te rodean, y que tú dependes de ellos.
Dejemos de buscar culpables o de preguntarnos por qué ha pasado esto, y empecemos a pensar en qué podemos aprender de todos ello. Todos tenemos mucho sobre lo que reflexionar y esforzarnos. Con el universo y sus leyes parece que la humanidad ya esté bastante en deuda y que nos lo esté viniendo a explicar esta epidemia, a caro precio.

(Cit. F. MORELLI, traducido al español)

lunes, 9 de marzo de 2020

Aprendí


Aprendí que los amores eternos pueden terminar en una noche, que grandes amigos pueden volverse grandes desconocidos. que nunca conocemos a una persona de verdad,
que todavía no inventaron nada mejor que el abrazo de esa persona que tanto quieres, 
que el nunca más, nunca se cumple 
y que el para siempre, siempre termina.
Aprendí que a veces el que arriesga no pierde nada, 
y que perdiendo también se gana.

Anónimo 

martes, 3 de marzo de 2020

Niños ricos y pobres/ Eduardo Galeano

El mundo trata a los niños ricos como si fueran dinero,
para que se acostumbren a actuar como el dinero actúa.
El mundo trata a los niños pobres como si fueran basura, 
para que se conviertan en basura. 
Y a los del medio, a los niños que no son ricos ni pobres, 
los tiene atados a la pata del televisor, 
para que desde muy temprano acepten, como destino, la vida prisionera. 
Mucha magia y mucha suerte tienen los niños que consiguen ser niños.

We are the people/ Iggy Pop (Lou Reed Poem 1970)

Iggy Pop recitando un poema de Lou Reed de 1970.



We are the people without land
We are the people without tradition 
We are the people 
Who do not know how to die peacefully and at ease 
We are the thoughts of sorrows 
Endings of tomorrows 
We are the wisps of rulers 
And the jokers of kings 
We are the people without right 
We are the people who have known only lies and desperation 
We are the people without a country, a voice, or a mirror 
We are the crystal gaze 
Returned through the density and immensity of a berserk nation 
We are the victims of the untold manifesto of the lack of depth 
Of full and heavy emptiness 
We are the people without sorrow 
Who have moved beyond national pride and indifference 
To a parody of instinct 
We are the people who are desperate 
Beyond emotion because it defies thought 
We are the people 
Who conceive our destruction and carry it out lawfully 
We are the insects of someone else's thought 
A casualty of daytime, nighttime, space, and God 
Without race, nationality, or religion 
We are the people, 
and the people, 
the people.

lunes, 2 de marzo de 2020

Life of Pi

No tengo nada que decir acerca de mi vida laboral,
sólo que una corbata no es más que una soga,
y por muy invertida que esté,
acabará por colgar a un hombre si se descuida.

Es inevitable que confunda mi vida con la del universo.
La vida es una mirilla, un mero agujerito que da a una inmensidad.

La melancolía no es más que la sombra de una nube pasajera.


"Vida de Pi" (2001)
Yann Martel

domingo, 1 de marzo de 2020

Locos por vivir


“La única gente que me interesa es la que está loca, la gente que está loca por vivir, loca por hablar, loca por salvarse, con ganas de todo al mismo tiempo, la gente que nunca bosteza ni habla de lugares comunes, sino que arde, arde como fabulosos cohetes amarillos explotando igual que arañas entre las estrellas.”

Jack Kerouac, On the Road

jueves, 27 de febrero de 2020

El cuervo y el gato

Cuando el cuervo estaba quieto sobre la cruz de la iglesia, ella miraba el reloj y siempre eran las diez y media. Entonces salía al balcón, sonriendo como una niña, el cuervo agitaba las alas, graznaba tres veces y ella lo imitaba. A veces, como un milagro, él respondía, ella también y así durante un minuto, hasta que el bicho la miraba con un solo ojo, retador, presumido, y remontaba el vuelo.
Cuando, a la noche, salía a cerrar la contraventana, descubría a un gato agazapado en el muro. Miraba el reloj y siempre eran las once. Se quedaba quieta, para no asustarlo, y le sonreía para explicarle que no le importaba que la espiara a través del cristal iluminado.
El gato y el cuervo la unían, con sus miradas,  con el día y con las estrellas.

Ahora, se asoma al balcón y se pregunta a dónde se habrán ido los cuervos. Graznó alguna vez, llamando, pero se cansó de hacer el idiota mirando la cruz sin pájaro.

Y, muchas noches, deja la contraventana abierta para no sonreír al muro vacío. Los gatos se deben haber ido también volando, piensa. Pero no se ríe porque, cuando mira el reloj, son las nueve, las diez, son la once. Siempre es la hora de nadie. La cruz sola, el muro solo, el reloj implacable. Las estrellas tapadas por las nubes. Ella, desconectada, recuerda a aquel cuervo, a aquel gato, y se pregunta si, después de todo, la que se ha ido, la que ya no mira, no será ella.

Elisa Villabella 

miércoles, 26 de febrero de 2020

Mujeres/ Elvira Sastre

Hay mujeres que son estaciones de (d)año,
tormentas torrenciales en agosto y estufa en un diciembre lleno de abandonos.

Hay mujeres que son pájaros sin alas en un cielo lleno de recuerdos,
fieras carnívoras al acecho de las ganas
y de esa falta de poder ante la tentación
que solo es deseo confundido.

Hay mujeres
que son mariposas abstraídas esperando a que cierres todas las puertas
para acariciarte las mañanas a través de la ventana,
para sacudirte la mirada en cualquier dirección ajena a tu rostro.

Hay mujeres que son animales en celo galopando sobre tu pecho abatido.

Hay mujeres de ojos castaños
con alma de gata.
Hay mujeres de ojos verdes
con alma de zorra.

Hay mujeres
que son signos de interrogación abierta,
tres exclamaciones siguiendo
una huida.
Un ladrido de madrugada.
Hay mujeres
que justifican el silencio.
Hay mujeres
que excusan la poesía.

Hay mujeres que son aeropuertos alejados
de los que solo salen aviones de mentira,
puertos marítimos en los que vuelves a ser otra vez tú,
estaciones de tren donde se cruzan tantas contradicciones
que encuentras paz.

Hay mujeres que suenan a herida al tocarlas
y te hacen desear la muerte antes que ellas.

Hay mujeres que huelen a limpio, a cuerpo inerte,
y te hacen desear invadirles el corazón y el pecho con la brutalidad de un ejército de flechas.

Hay mujeres
que desordenan tus huellas cuando aparecen
y te hacen desear encontrar tu camino
sobre su columna vertebral.

Hay mujeres que no se esconden, que quieren sin escarcha en los ojos,
que saben a sed,
y esas,
esas te hacen desear quererlas toda la vida.

Hay mujeres que esperas siempre
porque nunca llegan.
Hay mujeres que están en todos los lugares que ocupas
menos en tus manos.

Hay mujeres
que son primeras y únicas,
que sobrevuelan el suelo que pisan los demás,
que son azules y ocupan un sitio
diferente al resto.

Hay mujeres
que crees por encima de todo
y por encima de todo deshacen tus creencias,
que son tiernas, ciertas y dulces,
y con su ternura, certeza y dulzura
parten tu inocencia en dos.

Hay mujeres
que abren tus ojos con un soplido de magia
y en el siguiente truco desaparecen,
como la suerte.

Hay mujeres
que te enseñan la moneda por las dos caras:
te besan negándote,
se marchan mientras te nombran,
se quedan en silencio
y desde otros recuerdos te afirman.
Que solo conocen la palabra derrota en tu boca.
Que solo conoces la palabra victoria en su boca.
Que te aman mientras te olvidan
y olvidándolas las amas.

Hay mujeres
que quieres y no puedes,
que son tanto que no son bastante,
que dándote lo que necesitas olvidan lo que deseas.
Mujeres contra las que no hay razones
que encajen
y conviertes en huida
para darles un sentido.

Hay mujeres
que son aves de paso,
bodas de un día,
amores que salvan tu vida en una noche,
postres eternos en medio de una prisa carnal,
engaños a la rutina,
tu alma animal rendida al instinto de supervivencia.

Hay mujeres
que aparecen como los aciertos:
a tiempo y sin esperarlas.
Que se atreven y se quedan y tienen el pelo del color de tu almohada,
que se agitan y temes y dan la vuelta a tus excusas convirtiéndolas en motivos.
Que te aman sin evitarlo
y amas sobre todo por supuesto.

Y
estoy
yo.
Que soy una en todas esas mujeres.

Y
estás
tú.
Que eres todas esas mujeres en una.


miércoles, 12 de febrero de 2020

Oasis



Todavía te busco, mujer que busco en vano,
mujer que tantas veces cruzaste mi sendero,
sin alcanzarte nunca cuando extendí la mano
y sin que me escucharas cuando dije: «te quiero...»

Y, sin embargo, espero. Y el tiempo pasa y pasa.
Y ya llega el otoño, y espero todavía:
De lo que fue una hoguera sólo queda una brasa,
pero sigo soñando que he de encontrarte un día.

Y quizás, en la sombra de mi esperanza ciega,
si al fin te encuentro un día, me sentiré cobarde,
al comprender, de pronto, que lo que nunca llega
nos entristece menos que lo que llega tarde.

Y sentiré en el fondo de mis manos vacías,
más allá de la bruma de mis ojos huraños,
la ansiedad de las horas convirtiéndose en días
y el horror de los días convirtiéndose en años...

Pues quizás esté mustia tu frente soñadora,
ya sin calor la llama, ya sin fulgor la estrella...
Y al no decir: «¡Es ella!» —como diría ahora—
seguiré mi camino, murmurando: «Era ella...»

J. Buesa