viernes, 22 de mayo de 2015

Sueños sin final feliz

En todos mis sueños el mismo guión: te perdías, te buscaba desesperada y siempre terminaba encontrándote.
Te cogía entre mis brazos y despertaba.
Yo era la heroína de mis propios sueños. 

Anoche te perdiste de nuevo.
Y te encontré de noche, deambulando torpemente entre las cenizas de la chimenea de una casa antigua que no reconozco.
Cuando te tenía frente a mi, sujeta entre mis manos,
me di cuenta que tu cuerpecito era muy pequeño, casi diminuto.
Tenías manchas de sangre pegadas en tu pelo,
seguí su rastro con la mirada hasta encontrarme con tu cabecita girada a un lado, con el cuello retorcido.
Parecías un peluche roto.
En ese mismo instante desperté y tristemente entendí que ya no habrán más sueños con finales felices.

Y despierta, seguí llorándote. 

Eso a quién le importa

Frecuentemente me preguntan que cuántos años tengo...
¡Qué importa éso! Tengo la edad que quiero y siento.
La edad en que puedo gritar sin miedo lo que pienso.
Hacer lo que deseo, sin miedo al fracaso, o lo desconocido.
Tengo la experiencia de los años vividos y la fuerza de la convicción de mis deseos.
¡Qué importa cuántos años tengo! No quiero pensar en ello.
Unos dicen que ya soy viejo y otros que estoy en el apogeo.
Pero no es la edad que tengo, ni lo que la gente dice, sino lo que mi corazón siente y mi cerebro dicte. Tengo los años necesarios para gritar lo que pienso, para hacer lo que quiero, para reconocer yerros viejos, rectificar caminos y atesorar éxitos.
Ahora no tienen porqué decir: Eres muy joven... no lo lograrás. Tengo la edad en que las cosas se miran con más calma, pero con el interés de seguir creciendo.
Tengo los años en que los sueños se empiezan a acariciar con los dedos, y las ilusiones se convierten en esperanza.
Tengo los años en que el amor, a veces es una loca llamarada, ansiosa de consumirse en el fuego de una pasión deseada. Y otras un remanso de paz, como el atardecer en la playa.
¿Qué cuántos años tengo? No necesito con un número marcar, pues mis anhelos alcanzados, mis triunfos obtenidos, las lágrimas que por el camino derramé al ver mis ilusiones rotas...
Valen mucho más que eso.
¡Qué importa si cumplo veinte, cuarenta, o sesenta! Lo que importa es la edad que siento.
Tengo los años que necesito para vivir libre y sin miedos. Para seguir sin temor por el sendero, pues llevo conmigo la experiencia adquirida y la fuerza de mis anhelos.
¿Qué cuantos años tengo? ¡Eso a quién le importa! Tengo los años necesarios para perder el miedo y hacer lo que quiero y siento.

 Saramago

Quiéreme



Quiéreme.


Manifiéstate de súbito.


Choquémonos, como por arte mágico

en el Bukowski,

un Miércoles.

Pidámonos disculpas. Sonriámonos.

Intentemos tirar el muro gélido

diciéndonos las cuatro cosas típicas.

Caigámonos simpáticos.

Preguntémonos cosas.

Invitémonos

a bebidas alcohólicas.

Dejémonos llevar más lejos. Déjame

que despliegue mi táctica.

Escúchame decir cosa estúpidas

y ríete. Sonríeme. Sorpréndete

valorándome como oferta sólida.

Y a partir de ahí


quiéreme.


Sin rúbrica, pero por pacto tácito

acepta ser mi víctima.

Déjame que te lleve hacia la atmósfera,

acompáñame a mi triste habitáculo.

Sentémonos, mirémonos,

relajémonos y pongamos música.

De pronto, abalancémonos

besémonos con hambre, acariciémonos,

Desnudémonos rápido

y volvámonos locos. Devorémonos

como bestias indómitas. Mostrémonos

solícitos en cada prolegómeno.

Derritámonos en abrazos cálidos

Virtámonos en húmedos océanos.

Ábrete a mí, abandónate y enséñame

el sabor de tus líquidos.

Mordámonos, toquémonos, gritémonos

permitámonos que todo sea válido

y sin parar,

follémonos.

Follémonos hasta quedar afónicos


Follémonos hasta quedar escuálidos.


Durmámonos después, así,

abrazándonos.


Y al otro día


quiéreme.


Despidámonos rígidos, y márchate

de regreso a tus límites

satisfecha del paréntesis lúbrico

pero considerándolo algo efímero

sin segundo capítulo.

Deja pasar el tiempo, mas sorpréndete

recordándome en flashes esporádicos

y sintiendo al hacerlo un sicalíptico

látigo por tus gónadas.

Descúbrete a menudo preguntándote

qué será de este crápula.

Y un día, sin siquiera proponértelo

rescata de tus dígitos mi número

llámame por teléfono

y alégrate de oírme. Retransmíteme,

ponme al día de cómo van tus crónicas

y escucha como narro mis anécdotas.

Y al final, algo tímidos, citémonos.

En cualquier cafetín de corte clásico

volvámonos a ver, sintiendo idéntico

vértigo en el estómago.


Y en ese instante


quiéreme.


Apenas pasen un par de centésimas

sintamos al unísono un relámpago

de éxtasis limpio y cándido,

y en un crescendo cinematográfico

dejémonos de artificios y máscaras.

Rindámonos a la atracción magnética

que gritan nuestros átomos

y sintámonos de placer pletóricos

por sentirla recíproca.

Unidos en un abrazo simétrico

perdámonos por esas calles lóbregas

regalándonos en cada parquímetro

con besos mayestáticos

que causen graves choques de automóviles

y estropéen los semáforos.


Y para siempre


quiéreme.


Dejemos que se haga fuerte el vínculo,

unamos nuestro caminar errático,

declarémonos cómplices,

descubramos restaurantes asiáticos,

compartamos películas,

contemplemos bucólicos crepúsculos,

charlemos de poética y política

y celebremos nuestras onomásticas

regalándonos fruslerías simbólicas

en veladas románticas.


Y entre una y otra


quiéreme


Dejemos de quedar con el grupúsculo

de amigos. Que los follen por la próstata.

Pues si ponemos el asunto en diáfano

solo eran una pandilla de imbéciles.

Cerrémonos, y en un afán orgiástico

con afición sigamos explorándonos

buscando como ávidos heroinómanos

el subidón de aquel polvo iniciático.


Y aunque no lo logremos. Da igual.


Quiéreme.


Para evitar que nuestra vida íntima

se corrompa con óxido

busquémonos alternativas lúdicas

apuntémonos a clases de kárate

o de danzas vernáculas

juntémonos en cursos gastronómicos.

Presentémonos

a nuestros mutuos próceres

anteriores del árbol genalógico

y a lo largo del cónclave

sintámonos con ellos algo incómodos

mas felices de haber pasado el trámite.


Y quiéreme después. Sigue queriéndome,


continuando con el proceso lógico

juntemos nuestras vidas en un sólido

matrimonio eclesiástico,

casémonos a la manera clásica,

hagamos un bodorrio pantagruélico,

y cual pájaros de temporada en éxodo

vayámonos de viaje hacia los trópicos

y bailemos el sóngoro cosóngoro

mientras bebemos cócteles exóticos.


Y al regresar, sentemos nuestros cráneos.

Comprémonos un piso. Hipotequémonos

Llenémoslo con electrodomésticos

y aparatos eléctricos,

y paguemos en precio de las dádivas

regalándole nueve horas periódicas

a trabajos insípidos

que permitan llenar el frigorífico.


Y mientras todo ocurre, solo


quiéreme,


del fondo de tu útero

saquemos unos cuantos hijos pálidos,

bauticémoslos con nombres de apóstoles,

llenémoslos de amor y contagiémoslos

con nuestra lóbrega tristeza crónica.

Apuntémoslos a clases de música

de mímica y de álgebra,

y démosles zapatos ortopédicos,

aparatos dentales costosísimos,

fórmulas matemáticas

y complejos edípicos

que llenen el diván de los psicólogos.


Releguemos nuestro ritual erótico

a la noches del sábado

cuando ellos salgan vestidos de góticos

a ponerse pletóricos

ciegos de barbitúricos.

Paguémosles las tasas académicas

a los viajes a Ámsterdam.

Dejemos que presenten a sus cónyuges

y al final, entreguémoslos

para que los devoren las mandíbulas

de este mundo famélico.


Y ya sin ellos


quiéreme


a lo largo de apuros económicos

y de exámenes médicos,

mientras que nos volvemos antiestéticos

más cínicos, sarcásticos,

nos aplaste el sentido del ridículo

y nos comen los cánceres y úlceras.

Quiéreme aunque nos quedemos sin diálogo

Y te pongan histérica mis hábitos.

Enfádate, golpéame, hasta grítame

y como única válvula catártica

desahógate en relaciones adúlteras

con amantes más jóvenes

y regresa entre lágrimas y súplicas

perjurándome que aún sigues amándome.


Y yo contestaré tan solo

quiéreme.




Quiéreme aunque te premie salpicándote

en escándalos cíclicos

y te insulte, y te haga sentir minúscula

y me pase humillándote

y me haya vuelto un sátrapa

que roza cada día el coma etílico

y me haya vuelto politoxicómano

y me conozcan ya en cada prostíbulo.


Continúa queriéndome

mientras pasan espídicas las décadas

y nos envuelve el tiempo maquiavélico

en un líquido amniótico

que borre el odio que arde en nuestros glóbulos

y nos arroje al hospital geriátrico

a compartir habitación minúscula

inválidos, mirándonos

sin más fuerza ni diálogo

que el eco de nuestras vacías cáscaras.


Quiéreme para que pueda decirte

cuando vea la sombra de mi lápida

Y antes de que venga y cierre la mano

de la muerte mis párpados:


“Ojalá,

ojalá como dijo aquel filósofo

el tiempo sea cíclico

y volvamos de nuevo reencarnándonos

en dos vidas idénticas,

y cuando en el umbral redescubierto

de una noche de miércoles pretérita

tras chocarme contigo

girándote, me digas: "Uy, perdóname"

le ruego que permita el dios auténtico

que recuerde en un segundo epifánico

cómo será el futuro de este cántico

cómo irán nuestras flores corrompiéndose

cómo acabaré odiándote

cómo destrozarás cuanto fue insólito

en este ser,

cómo la vida empírica

nos tornará en autómatas patéticos

hasta llevarnos a la justa antípoda

de nuestro sueño idílico."


"Y sabiendo todo esto, anticipándolo

pueda mirarte directo a los ojos

y conociéndolo muy bien. Sabiendo

el devenir de futuras esdrújulas

destrozando en un pisotón mi brújula

te diga

solo quiéreme."


Daniel Orviz.

jueves, 21 de mayo de 2015

Todo cambia, nada permanece

"Algunas veces es justamente el esfuerzo lo que necesitamos en nuestra vida. Y en la vida de pareja, si deseamos que dure, tendremos que aprender a aceptar momentos de sufrimiento y de esfuerzo. En realidad, si la naturaleza nos permitiese vivir sin obstáculos, se reduciría en gran medida la capacidad de desarrollar nuestro potencial. Sin obstáculos, sin la “dosis necesaria de sufrimiento”, nunca llegaríamos a desarrollar nuestra verdadera plenitud, nunca alimentaríamos los vasos sanguíneos que van a permitirnos desplegar nuestras auténticas alas de ser humano adulto y maduro.

Las parejas que duran pasan necesariamente por crisis, las afrontan y aprenden de ellas. Cuando una pareja decide huir de la crisis rompiendo la relación, tarde o temprano – probablemente en la siguiente relación de pareja - van a tener que afrontar el mismo reto y se encontrarán en el mismo punto en el que se emprendió la huida"

"Una de las cuatro nobles verdades del budismo es la “impermanencia”. El cambio es inevitable, permanente y cíclico. Sirve de poco rebelarse ante ello, aferrarse, apegarse ... la pura y dura realidad es que todo es efímero; hasta la vida misma. Lo que es, es ... pero si simplemente me calmo y espero lo suficiente, seguramente pasará, dejará de ser y se transformara en algo diferente. Oí decir una vez a un político una frase que me quedó grabada: “el cementerio está lleno de imprescindibles”. La conciencia “aquí y ahora” de la impermanencia, la aceptación del cambio como formando parte de la propia naturaleza, es útil y abre posibilidades tanto a la salud mental individual como a la salud relacional de la pareja. Y no es necesario culpar a nuestra pareja de los cambios (“antes decias, antes hacías, antes ...”), es suficiente un ejercicio de “darse cuenta” para ver como uno mismo va cambiando. La psiquiatría y la psicología occidental se ha empeñado en transmitirnos que el estado “normal” de la persona es “el equilibrio”, el “bienestar” y todo lo que sale de ahí es patológico, tiene un nombre (un diagnóstico) y hay que tratarlo con fármacos o con terapias."

"Siempre hay valles junto a las cumbres, no puedes estar para siempre en la cumbre… Siempre sucede así; es natural, no es un círculo vicioso … Siempre que estés contento, muy feliz, estarás en una cima; de repente, aparecerá el valle, la tristeza.
Lo opuesto siempre está a la vuelta de la esquina … porque lo opuesto no es lo opuesto, es lo complementario.

¿De modo que qué hacer?... no perturbes el círculo. Lo único que tienes que hacer es no identificarte con esa sensación cuando te sientas en lo alto, o en lo bajo ... Recuerda siempre que sólo es un estado de ánimo, no tú, una atmósfera que te rodea, pero no tú. Cuando está lloviendo no crees ser la lluvia. Cuando la lluvia se detiene y sale el sol calentándolo todo no crees ser el sol ni su calidez … es algo que sucede a tu alrededor. En tu interior es lo mismo, ¡recuérdalo! La felicidad o la tristeza simplemente es como la lluvia o el sol; es un clima, un estado de ánimo que te envuelve, un ambiente ... pero no eres tú. Tú eres el observador, eres el testigo y si eres el observador siempre recordarás - antes o después - que lo opuesto aparecerá. Lo estarás esperando”

Visto en facebook. 

martes, 5 de mayo de 2015

Nada permanece

“Quizá hay lugares a los que no se debería volver. 
Los visitaste tiempo atrás, guardas un recuerdo de cómo eran, 
de cómo eras tú cuando estuviste en ellos, 
y al regresar te das cuenta que todo ha cambiado. 
El lugar. 
Tú. 
La nostalgia es una pésima compañera de viaje. 
Te distrae de lo nuevo. 
Te arrastra a lo conocido. 
Y una vez allí te susurra con malicia:
“¿Te das cuenta?” Nada permanece. “

David Jimenez (El lugar más feliz del mundo)

Somos nosotros



"Sentí como este tenebroso planeta giraba bajo mis pies, y supe cuál es ese secreto que sólo los gatos conocen, ese que les hace gritar como bebés en la noche. 
Miré al cielo a través del intenso humo lleno de grasa humana y vi que Dios no se encontraba ahí. 
Vi esa oscuridad fría y vacía que se extiende hasta el infinito, vi que estamos solos. 
Vivimos nuestras vidas, puesto que no tenemos nada mejor que hacer. Más adelante, ya les buscaremos un sentido. 
Venimos de la nada; Tenemos hijos, que se encuentran atados a este infierno al igual que nosotros, y volvemos a la nada. 
No hay nada más. 
La existencia es algo fortuito. 
No hay ningún patrón salvo el que imaginamos cuando nos quedamos mirando fijamente durante mucho tiempo. 
No tiene ningún sentido, salvo el que decidimos imponer. 
Este mundo que vaga a la deriva no está moldeado por fuerzas metafísicas. 
No es Dios quien mata a los niños. 
Ni es el destino el que los despedaza, ni es la casualidad la que se los da de comer a los perros. Somos nosotros. 
Sólo nosotros."


-Alan Moore ('Watchmen')

domingo, 3 de mayo de 2015

Sal con un valiente. O nada.

No existe hombre tan cobarde 
como para que el amor no pueda hacerlo valiente 
y transformarlo en héroe.
Platón 

El mensaje es claro: sal con un valiente. 
Esto no quiere decir que intentes, a ser posible, salir con un valiente, no. 
Quiere decir que salgas con un valiente. 
Con un valiente o nada. 

Nadie debería enamorarse de alguien que, tras el tiempo suficiente, no sea capaz de decirte: “mi apuesta eres tú”. 
All in. 
Todo el mundo merece escuchar, al menos, un “¿sabes qué?, me la juego contigo”. 

Al igual que tú, he visto a personas reaprender un deporte tras perder algunas partes de su cuerpo;
he visto a gente trabajar meses o incluso años sin cobrar y a otros trabajar en un restaurante de comida rápida para terminar y ponerse a escribir, pintar o bailar porque eso no les da aún de comer; 
y he visto a un hombre que no puede vocalizar ni coger un lápiz revolucionar la ciencia… 
Y aún así, siempre hay alguien que dice: “no, es que no es mi momento”, “es que estoy centrado en mi trabajo”, “es que salgo de una relación” y demás excusas para llevarse el polvo pero dejar el mueble.
Si hay amor se encuentra la manera. 

Vivimos en una época donde no hay dragones que matar ni tierras que conquistar, y donde el acceso a recursos y las oportunidades son tan abundantes que saber lo que se quiere e ir tras ello constituyen el único espacio para el heroísmo. 
Hoy, el (principal) problema no es que no se pueda, sino que no se quiera lo suficiente. 
La mayoría de cosas que no hacemos no es por dificultad, es por falta de amor. 
Creo que la valentía es el valor más grande que puede tener un ser humano. 
Un valiente arriesga, elige, toma partido, se hace responsable y crea su destino. 
Es el capitán de los optimistas, pues no solo ve lo bueno sino que lo persigue sin negociar. 
Una persona así solo puede hacer tu vida más rica. 

Como le gusta decir a Álex Rovira, “el coraje, más que la ausencia de miedo es la consciencia de que hay algo por lo que merece la pena que arriesguemos. El coraje es la fuerza del amor al servicio de la consciencia”. 

Y es que coraje y amor son atributos que se ven en el espejo: el que ama, arriesga y el que arriesga, ama. “Detrás de alguien que arriesga, hay alguien que ama.” 
Cuando no sepas dónde están esos valientes, fíjate en los que dicen sí diciendo no, pues detrás de alguien que renuncia hay una persona que elige, detrás de alguien que elige hay una persona que arriesga y detrás de alguien que arriesga hay una persona enamorada. 
Donde hay un valiente, hay un amante. 

Lo que diferencia a alguien valiente de un “cobarde” es que no se queda parado ante la bifurcación pensando en lo que pierde o en lo que renuncia, sino que ve en ti una victoria y ganancia suficiente como para no tener que mirar atrás. 
No se echa a un lado pensando que siempre puede venir algo mejor, porque acepta que el mundo es imperfecto, que tú lo eres… que los dos lo sois. 
Sabe que lo importante no es ni la realidad, ni lo que hay, sino lo que podéis llegar a crear, y para eso no hace falta ser perfectos, hace falta ponerse manos a la obra. 

Un persona valiente no está pensando en las chicas o en los chicos que deja escapar, está pensando en ti. 
Eres su apuesta y su elección, y cualquier otro lugar le parece segunda división. 
Nunca verás a un valiente haciendo una lista de pros y contras, porque para ellos el amor no es un mercado ni tú un producto más. 
Las decisiones racionales las deja para los yogures o las hipotecas, nunca para sus sueños. 

Nadie se hizo rico apostando en pequeñas cantidades. 
“Los valientes se la juegan porque “esa aventura no se la pierden”. 
Si lo piensas bien, muchos de los dolores de cabeza amorosos que has tenido podrían haberse evitado saliendo con un valiente. 
Así que, la próxima vez que vayas al mercado de parejas de viaje, 
solo tienes que abrir los ojos y mirar de una forma que quizás no hayas hecho antes: 
en lugar de buscar por la categoría belleza, profesión, estudios, o dinero, 
busca por la categoría sé quién soy/sé que quiero. 

Desconfía de lo pulcro, los cánones y lo resplandeciente, y fíate de la sangre y lo sucio, pues los valientes están llenos de arañazos y cicatrices, aunque a veces no se vean. 
Los valientes se baten el cobre, son los que bajan a la arena y se la juegan porque esa aventura “no se la pierden”. 
Es muy difícil encontrar a un valiente con el traje impoluto. 
Un valiente no entiende la estúpida forma que tiene la cultura de valorar el éxito o el fracaso y la pérdida o la ganancia, 
pues cree que a nadie que lo ha dado todo se le puede exigir nada y que lo único que verdaderamente se puede perder en la vida no es una pareja, un partido, un sueldo, etc., ellos saben que lo único que verdaderamente se pierde en la vida son oportunidades.

http://www.eluniversodelosencillo.com/sal-con-un-valiente/