miércoles, 29 de junio de 2011

Para lo que he vivido. Autobiografía/ Bertrand Russell

"Tres pasiones, simples, pero abrumadoramente intensas, han gobernado mi vida: el ansia del amor, la búsqueda del conocimiento y una insoportable piedad por los sufrimientos de la humanidad. Estas tres pasiones, como vendavales, me han llevado de acá para allá, por una ruta cambiante, sobre un profundo océano de angustia, hasta el borde mismo de la desesperación. 

He buscado el amor, primero, porque comporta el éxtasis, un éxtasis tan grande, que a menudo hubiera sacrificado el resto de mi existencia por unas horas de ese gozo. Lo he buscado, en segundo lugar, porque alivia la soledad, esa terrible soledad en que la conciencia trémula se asoma al borde del mundo para otear el frío e insondable abismo sin vida. Lo he buscado, finalmente, porque en la unión del amor he visto, en una miniatura mística, la visión anticipada del cielo que han imaginado santos y poetas. Esto era lo que buscaba, y, aunque pudiera parecer demasiado bueno para esta vida humana, esto es lo que al fin he hallado. 

Con igual pasión he buscado el conocimiento. He deseado entender el corazón de los hombres. He deseado saber por qué brillan las estrellas. Y he tratado de aprender el poder pitagórico en virtud del cual el número domina al flujo. Algo de esto he logrado, aunque no mucho. El amor y el conocimiento, en la medida en que ambos eran posibles, me transportaban hacia el cielo. 
Pero siempre la piedad me hacía volver a la tierra. 
Resuena en mi corazón el eco de gritos de dolor. 
Niños hambrientos, víctimas torturadas por opresores, ancianos desvalidos, carga odiosa para sus hijos, y todo un mundo de soledad, pobreza y dolor convierten en una burla lo que debería ser la existencia humana. Deseo ardientemente aliviar el mal, pero no puedo, y yo también sufro. Esto ha sido mi vida. La he hallado digna de vivirse, y con gusto volvería a vivirla si se me ofreciese la oportunidad."

Bertrand Russell.


Pd. Gracias, Nico.

lunes, 27 de junio de 2011

I see a darkness/ Bonnie Prince Billy





Bueno, tu eres mi amigo
Y puedes ver
Muchas veces estuvimos bebiendo
Muchas veces compartimos nuestros pensamientos
Alguna vez, te diste cuenta la clase de pensamientos que tengo?
Bueno, tú sabes que tengo un amor, para cada uno de los que conozco
Y sabes que tengo un impulso, por la vida que no quiero dejar ir
Pero algunas veces esta oposición, se levanta en mi
Esta terrible imposición, se torna negro en mi mente

Y luego veo una oscuridad
Oh, no, veo una oscuridad
Sabes cuanto te quiero?
Porque estoy esperando que algún día, pronto
me salves de esta oscuridad

Bueno, espero que algún día pronto
encontremos paz en nuestras vidas
Juntos o separados
Solos o con nuestras esposas
Y podemos parar con nuestros insultos
Y dibujar la sonrisa por dentro
E iluminarla para siempre
Y nunca mandarla a dormir
Mi mejor invicto amigo
Eso no es todo lo que veo

Oh no, veo una oscuridad
Oh, no, veo una oscuridad
Sabes cuanto te quiero?
Porque estoy esperando algún día, pronto
me salves de esta oscuridad.

miércoles, 22 de junio de 2011

Palabras/ Eduardo Galeano

Hace unos 15 mil millones de años, según dicen los entendidos,
un huevo incandescente estalló en medio de la nada
y dió nacimiento a los cielos y a las estrellas y a los mundos.

Hace unos 4 mil ó 4 mil 500 millones de años,
años más años menos, la primera célula bebió el caldo del mar,
y le gustó, y se duplicó para tener a quien convidar el trago.

Hace unos dos millones de años, la mujer y el hombre,
casi monos, se irguieron sobre sus patas y alzaron los brazos
y se entraron, y por primera vez tuvieron la alegría
y el pánico de verse, cara a cara, mientras estaban en eso.

Hace unos 450 mil años, la mujer y el hombre
frotaron dos piedras y encendieron el primer fuego,
que los ayudo a defenderse del invierno.

Hace unos 300 mil años, la mujer y el hombre
se dijeron las primeras palabras y creyeron
que podían entenderse.

Y en eso estamos, todavía:
queriendo ser dos, muertos de miedo,
muertos de frío, buscando palabras…

domingo, 19 de junio de 2011

El último aleteo

Las perdices nunca habían sentido esa necesidad de competir, y menos con ellas mismas.

Cuando la bala de plomo hirviendo le entró a través de su suave plumón y acabó clavándose en el hígado, la perdiz se hizo olímpica. Quisó volar más alto, más fuerte, más rápido. Y es que sólo el terror y la muerte contagian los delirios del hombre.

Una rabia incadescente invadió sus aletazos hacía un punto sin el más mínimo sentido. Había ya escuchado el ruido del disparo, siempre más lento que su efecto, pero ya no cabía salvación alguna. La traición se había consumado.

A nadie nos dan lecciones de muerte digna, pero casi todos la improvisamos si nos regalan un último instante.
La perdiz hizo soberbio su acabamiento, buscando igualar al águila a quien nunca alcanzaría. Uno, dos, aletazos más, hasta que el músculo no obedeció. Ya no llegaba a ellos nada de sangre, se había secado todas las venas de su cuerpo.

Allá arriba, agotada la trayectoria ascendente, el inútil, pero bellísimo esfuerzo, culminó en una macabra voltereta. Parecía que el viento quisiera ser más denso, para sostenerla por un instante más. Pero lo más cálido había cedido para siempre el movimiento.

Y sin ánima, la perdiz, muerta allá, más arriba que nunca, pasó de ser ternura con alas a guiñapo despeñándose.

Dos decenas de volteretas más y golpeó el suelo y se levantó una nube de polvo y tembló la dehesa entera.

Ya no más ojeos en las madrugadas de marzo.
Ya no más la incubación.
Ya no más los catorce polluelos tras ella.
Ya no más esa mirada a todas partes al mismo tiempo.
Ya no más la sagacidad que derrotaba al raposo y al águila.
Ya no más la sonora estampida de cuando tropezaba con alguno de nosotros.

Las fauces del can destrozando aún más unas plumas enfriándose y una mano culminó la desolación ahorcando al muerto de su cintura.

Lo vi y mejor olvidarlo.

Ellos sacan alegría de la muerte. Parece que encuentran acertadas las reglas del juego y al parecer por eso se disfrazan como si fueran a la guerra. Y acaban haciéndosela a quienes no les agreden y ni siquiera les amenazan.

Y yo sigo preguntándome ¿Dónde está el enemigo?

Y es que, al menos yo, nunca lo he visto.