jueves, 13 de diciembre de 2018

El pánico de un mundo al revés

Caminar es un peligro y respirar es una hazaña en las grandes ciudades del mundo al revés. Quien no está preso de la necesidad, está preso del miedo: unos no duermen por la ansiedad de tener las cosas que no tienen, y otros no duermen por el pánico de perder las cosas que tienen. El mundo al revés nos entrena para ver al prójimo como una amenaza y no como una promesa, nos reduce a la soledad y nos consuela con drogas químicas y con amigos cibernéticos. Estamos condenados a morirnos de hambre, a morirnos de miedo o a morirnos de aburrimiento, si es que alguna bala perdida no nos abrevia la existencia.

E. Galeano

miércoles, 28 de noviembre de 2018

Ahora me rindo a ti y eso es todo

“Antes me movía como el viento. Ahora me rindo a ti y eso es todo”. En 1886, el jefe apache Gerónimo capituló. Él y su veintena de irreductibles guerreros, que habían mantenido en jaque tanto al ejército yanqui como al mexicano durante una década larga, fueron deportados y nunca regresaron a sus tierras. Fue el último gran guerrero indio en rendirse. Su epopeya está narrada, de forma ficcional pero amena, muy documentada y en ocasiones brillante, en un libro reciente muy recomendable, “Ahora me rindo y eso es todo” (Anagrama), del mexicano Álvaro Enrigue. La colonización de Norteamérica y el genocidio de sus pueblos autóctonos está documentada en cientos de libros. Algunos son clásicos: “Bury My Heart At Wounded Knee”, de Dee Brown; “American Holocaust: The Conquest Of The New World”, de David Stannard; “Custer Died For Your Sins, An Indian Manifesto”, de Vine Deloria. Son libros desgarradores y tristísimos, hasta el punto de que tengo algún amigo especialmente sensible al tema que fue incapaz de acabar alguno porque le daba pesadillas.

Ayer, casualmente, charlaba con una alumna chilena sobre el mismo tema pero en el otro extremo del continente. Tuve en mi juventud una amiga querida que era descendiente de yámanas, indios canoeros del Canal Beagle, en la Tierra de Fuego. Su relato del destino trágico de sus antepasados era sobrecogedor. Por ella conseguí libros rarísimos por vías extenuantes, en una época muy anterior a internet y Amazon: “Uttermost Part Of The Earth” (1ª edición de 1943), de Lucas Bridges, el hijo del primer misionero inglés en la zona, que relata su vida de niño y joven entre yámanas y selk'nam u onas, los últimos de su estirpe que vivieron como llevaban haciendo sus antepasados durante milenios antes de ser aniquilados con una sevicia difícil de creer. (Creo que lo tradujo Altaïr hace unos años).También los tomos de Gusinde sobre etnografía y ritos de iniciación, muy técnicos pero reveladores de la compleja cosmogonía y el intrincado orden social de unos indios a los que un Darwin bisoño, con su desdén victoriano, calificó como los seres más miserables del planeta.

Imagino que cada pueblo del continente tiene, desde los albores de la conquista, un cronista que haya relatado, de manera más o menos veraz y con mayor o menor fortuna literaria, la historia del ocaso y extinción de su cultura. Para saber que la colonización de América es una amarga historia de codicia, intolerancia, cerrilismo o simple crueldad no hace falta ser un erudito ni un aficionado al tema, basta con una cultura general apañada y cierta sensibilidad.

A don Josep Borrell, ministro de Asuntos Exteriores del Gobierno español, le atribuyen un gran intelecto ya desde sus años de ministro de Felipe González, en los 80. Parece que es un economista sobresaliente, no estoy en condiciones de rebatirlo. Pero sus palabras y sus actos son notorios y por ellos cabe dudar que sea un hombre leído o culto, ya no hablemos de prudente o cabal. Borrell dijo anteayer que “en los EEUU no hay problemas de integración porque lo único que hicieron fue matar cuatro indios”. Cuatro. Leo ahora que desde allí los descendientes de esos cuatro indios lo tachan de racista. No, hombre, don Josep es algo previo y más básico: don Josep es un patán, un borrico de traje y corbata que ni siquiera sabe que lo es. Un pobre hombre con demasiado poder".
Sergi Vergés.


Este post viene a raíz de las declaraciones de Josep Borrell.
https://youtu.be/L1Lx1h3E2JU 

sábado, 24 de noviembre de 2018

Para vivir

Muchas veces te dije que antes de hacerlo
Había que pensarlo muy bien
Que a esta unión de nosotros
Le hacía falta carne y deseo también
Que no bastaba que me entendieras
Y que murieras por mí
Que no bastaba que en mi fracaso
Yo me refugiara en ti
Y ahora ves lo que pasó
Al fin nació, al pasar de los años
El tremendo cansancio que provoco ya en ti
Y aunque es penoso lo tienes que decir
Por mi parte esperaba
Que un día el tiempo se hiciera cargo del fin
Si así no hubiera sido
Yo habría seguido jugando a hacerte feliz
Y aunque el llanto es amargo piensa en los años
Que tienes para vivir
Que mi dolor no es menos y lo peor
Es que ya no puedo sentir
Y ahora tratar de conquistar
Con vano afán este tiempo perdido
Que nos deja vencidos sin poder conocer
Eso que llaman amor
Para vivir
Para vivir

Pablo Milanés

jueves, 15 de noviembre de 2018

Pink or blue

https://youtu.be/66h4flsuDoo

lunes, 22 de octubre de 2018

Lo que pudo ser un gran amor



Yo no sé si tú esperas todavía,
el gran amor con que soñaste en vano,
que era un pozo en la tarde de verano,
y era la sed que el pozo calmaría.

Yo sólo sé que estuvo cerca un día,
cuando tú lo creíste más lejano,
y fue una llama que se heló en tu mano,
al separar tu mano de la mía.

Así fue: Poca cosa en el olvido,
como el viento que llega y ya se ha ido
o la rama partida sin dar flor;

pero no es culpa mía si tú hiciste
una cosa vulgar, pequeña y triste,
de lo que pudo ser un gran amor.




José Ángel Buesa

martes, 16 de octubre de 2018

Defendiendo la tristeza


“La tristeza es una de las más importantes, bellas y fructíferas emociones que experimentamos los seres humanos. Es la mensajera de lo que hemos perdido, de lo que nos importa, de lo que nos da sentido. Es la invitación a la reflexión frente al misterio de la vida y la muerte, es el llamado a valorar lo que tuvimos, a inclinarnos frente a los que nos dieron tanto y ya no están.

La tristeza es compañera indispensable, junto a otras emociones, de los procesos de aprendizaje profundos, de los ascensos de nuestros niveles de conciencia. ¿Cómo podríamos darnos cuenta, sin experimentarla, de lo que no apreciamos en otros tiempos cuando no teníamos ojos para ello?

Ella viene cuando experimentamos la pérdida de algo que nos importa o cuando agrandamos el mundo de lo que nos importa. También viene como un susurro espiritual, haciéndonos saber de pérdidas que los seres humanos hemos experimentado como especie, viejas heridas que pertenecen a tiempos anteriores a nuestra existencia personal, y que debemos sanar colectivamente.

Desafortunadamente, hemos dejado de escucharla, de poner atención a su mensaje, de permitirle que haga su trabajo. Esto se debe al temor de que se transforme en un estado de ánimo, es decir, de que se haga permanente, que estemos tristes no cuando enfrentamos determinadas circunstancias, sino que “independientemente” de las circunstancias, recurrentemente. Generalmente caemos en estados de ese tipo cuando se apoderan de nosotros ciertos juicios de la vida o de nosotros mismos. Eso ya es todo un tema de coaching.

Como lo he dicho muchas veces, la tristeza tiene mala prensa. Por ello, cuando nos visita recurrimos a la entretención, a la distracción, a cualquier otro quehacer menos al que ella nos invita. El resultado está a la vista, tenemos una epidemia de depresión, el resultado precisamente de negarnos a escuchar la emoción que nos orienta hacia el sentido de la vida.

La tristeza busca el silencio, nos aleja del mundo por un rato para mirarlo con cierta distancia, con una nueva perspectiva, invitándonos a valorar lo que tenemos y lo que hemos perdido.

La tristeza nos llama a los pasos lentos, sugiriéndonos mirarlo todo como si por primera vez. Nos inclina para que apreciemos la Tierra, y nos llena de lágrimas para limpiar la mirada. Nos invade, nos aprieta la garganta, nos estremece misteriosamente. Nos hace visitar el sinsentido, la desesperanza, la pequeñez de nuestra existencia, sólo para que podamos apreciar más tarde nuestra grandeza, el propósito de la vida y el calor de la esperanza. Y nos lleva al llanto, y con él humildemente tocamos nuestra impotencia, sólo para agradecer más tarde que nos ha llenado de una voluntad fresca, misteriosa, espiritual.

Cuando tengo el privilegio de trabajar con mis estudiantes, uno de los primeros pasos que damos consiste en legitimar la tristeza, en aceptarla como un regalo. Sólo entonces ella tiene lugar para realizar su trabajo y una vez que lo ha hecho, graciosamente se retira dejando el terreno para que la alegría haga el suyo.”

Julio Olalla.

sábado, 6 de octubre de 2018

Hacer un mundo mejor

Se justifica vivir si el mundo es un poco mejor cuando uno muera, como resultado de su trabajo y esfuerzo. Vivir simplemente para gozar es una legítima ambición animal. Pero para el ser humano, para el Homo Sapiens, es contentarse con poco.

Para distinguirnos de los demas animales, para justificar nuestro paso por la tierra, hay que ambicionar metas superiores al solo goce de la vida. La fijación de metas distingue a unos hombres de otros. Y aquí lo más importante no es alcanzar dichas metas, sino luchar por ellas.

Todos podemos ser protagonistas de la historia. Como células que somos de ese gran cuerpo universal humano, somos sin embargo conscientes de que cada uno puede hacer algo por mejorar el mundo en que vivimos y en el que vivirán los que nos sigan.

Debemos trabajar por el presente y por el futuro, y esto nos traerá mayor gozo que el simple disfrute de los bienes materiales. Saber que estamos contribuyendo a hacer un mundo mejor, debe ser la máxima de las aspiraciones humanas."

HÉCTOR ABAD