viernes, 22 de mayo de 2015

Quiéreme



Quiéreme.


Manifiéstate de súbito.


Choquémonos, como por arte mágico

en el Bukowski,

un Miércoles.

Pidámonos disculpas. Sonriámonos.

Intentemos tirar el muro gélido

diciéndonos las cuatro cosas típicas.

Caigámonos simpáticos.

Preguntémonos cosas.

Invitémonos

a bebidas alcohólicas.

Dejémonos llevar más lejos. Déjame

que despliegue mi táctica.

Escúchame decir cosa estúpidas

y ríete. Sonríeme. Sorpréndete

valorándome como oferta sólida.

Y a partir de ahí


quiéreme.


Sin rúbrica, pero por pacto tácito

acepta ser mi víctima.

Déjame que te lleve hacia la atmósfera,

acompáñame a mi triste habitáculo.

Sentémonos, mirémonos,

relajémonos y pongamos música.

De pronto, abalancémonos

besémonos con hambre, acariciémonos,

Desnudémonos rápido

y volvámonos locos. Devorémonos

como bestias indómitas. Mostrémonos

solícitos en cada prolegómeno.

Derritámonos en abrazos cálidos

Virtámonos en húmedos océanos.

Ábrete a mí, abandónate y enséñame

el sabor de tus líquidos.

Mordámonos, toquémonos, gritémonos

permitámonos que todo sea válido

y sin parar,

follémonos.

Follémonos hasta quedar afónicos


Follémonos hasta quedar escuálidos.


Durmámonos después, así,

abrazándonos.


Y al otro día


quiéreme.


Despidámonos rígidos, y márchate

de regreso a tus límites

satisfecha del paréntesis lúbrico

pero considerándolo algo efímero

sin segundo capítulo.

Deja pasar el tiempo, mas sorpréndete

recordándome en flashes esporádicos

y sintiendo al hacerlo un sicalíptico

látigo por tus gónadas.

Descúbrete a menudo preguntándote

qué será de este crápula.

Y un día, sin siquiera proponértelo

rescata de tus dígitos mi número

llámame por teléfono

y alégrate de oírme. Retransmíteme,

ponme al día de cómo van tus crónicas

y escucha como narro mis anécdotas.

Y al final, algo tímidos, citémonos.

En cualquier cafetín de corte clásico

volvámonos a ver, sintiendo idéntico

vértigo en el estómago.


Y en ese instante


quiéreme.


Apenas pasen un par de centésimas

sintamos al unísono un relámpago

de éxtasis limpio y cándido,

y en un crescendo cinematográfico

dejémonos de artificios y máscaras.

Rindámonos a la atracción magnética

que gritan nuestros átomos

y sintámonos de placer pletóricos

por sentirla recíproca.

Unidos en un abrazo simétrico

perdámonos por esas calles lóbregas

regalándonos en cada parquímetro

con besos mayestáticos

que causen graves choques de automóviles

y estropéen los semáforos.


Y para siempre


quiéreme.


Dejemos que se haga fuerte el vínculo,

unamos nuestro caminar errático,

declarémonos cómplices,

descubramos restaurantes asiáticos,

compartamos películas,

contemplemos bucólicos crepúsculos,

charlemos de poética y política

y celebremos nuestras onomásticas

regalándonos fruslerías simbólicas

en veladas románticas.


Y entre una y otra


quiéreme


Dejemos de quedar con el grupúsculo

de amigos. Que los follen por la próstata.

Pues si ponemos el asunto en diáfano

solo eran una pandilla de imbéciles.

Cerrémonos, y en un afán orgiástico

con afición sigamos explorándonos

buscando como ávidos heroinómanos

el subidón de aquel polvo iniciático.


Y aunque no lo logremos. Da igual.


Quiéreme.


Para evitar que nuestra vida íntima

se corrompa con óxido

busquémonos alternativas lúdicas

apuntémonos a clases de kárate

o de danzas vernáculas

juntémonos en cursos gastronómicos.

Presentémonos

a nuestros mutuos próceres

anteriores del árbol genalógico

y a lo largo del cónclave

sintámonos con ellos algo incómodos

mas felices de haber pasado el trámite.


Y quiéreme después. Sigue queriéndome,


continuando con el proceso lógico

juntemos nuestras vidas en un sólido

matrimonio eclesiástico,

casémonos a la manera clásica,

hagamos un bodorrio pantagruélico,

y cual pájaros de temporada en éxodo

vayámonos de viaje hacia los trópicos

y bailemos el sóngoro cosóngoro

mientras bebemos cócteles exóticos.


Y al regresar, sentemos nuestros cráneos.

Comprémonos un piso. Hipotequémonos

Llenémoslo con electrodomésticos

y aparatos eléctricos,

y paguemos en precio de las dádivas

regalándole nueve horas periódicas

a trabajos insípidos

que permitan llenar el frigorífico.


Y mientras todo ocurre, solo


quiéreme,


del fondo de tu útero

saquemos unos cuantos hijos pálidos,

bauticémoslos con nombres de apóstoles,

llenémoslos de amor y contagiémoslos

con nuestra lóbrega tristeza crónica.

Apuntémoslos a clases de música

de mímica y de álgebra,

y démosles zapatos ortopédicos,

aparatos dentales costosísimos,

fórmulas matemáticas

y complejos edípicos

que llenen el diván de los psicólogos.


Releguemos nuestro ritual erótico

a la noches del sábado

cuando ellos salgan vestidos de góticos

a ponerse pletóricos

ciegos de barbitúricos.

Paguémosles las tasas académicas

a los viajes a Ámsterdam.

Dejemos que presenten a sus cónyuges

y al final, entreguémoslos

para que los devoren las mandíbulas

de este mundo famélico.


Y ya sin ellos


quiéreme


a lo largo de apuros económicos

y de exámenes médicos,

mientras que nos volvemos antiestéticos

más cínicos, sarcásticos,

nos aplaste el sentido del ridículo

y nos comen los cánceres y úlceras.

Quiéreme aunque nos quedemos sin diálogo

Y te pongan histérica mis hábitos.

Enfádate, golpéame, hasta grítame

y como única válvula catártica

desahógate en relaciones adúlteras

con amantes más jóvenes

y regresa entre lágrimas y súplicas

perjurándome que aún sigues amándome.


Y yo contestaré tan solo

quiéreme.




Quiéreme aunque te premie salpicándote

en escándalos cíclicos

y te insulte, y te haga sentir minúscula

y me pase humillándote

y me haya vuelto un sátrapa

que roza cada día el coma etílico

y me haya vuelto politoxicómano

y me conozcan ya en cada prostíbulo.


Continúa queriéndome

mientras pasan espídicas las décadas

y nos envuelve el tiempo maquiavélico

en un líquido amniótico

que borre el odio que arde en nuestros glóbulos

y nos arroje al hospital geriátrico

a compartir habitación minúscula

inválidos, mirándonos

sin más fuerza ni diálogo

que el eco de nuestras vacías cáscaras.


Quiéreme para que pueda decirte

cuando vea la sombra de mi lápida

Y antes de que venga y cierre la mano

de la muerte mis párpados:


“Ojalá,

ojalá como dijo aquel filósofo

el tiempo sea cíclico

y volvamos de nuevo reencarnándonos

en dos vidas idénticas,

y cuando en el umbral redescubierto

de una noche de miércoles pretérita

tras chocarme contigo

girándote, me digas: "Uy, perdóname"

le ruego que permita el dios auténtico

que recuerde en un segundo epifánico

cómo será el futuro de este cántico

cómo irán nuestras flores corrompiéndose

cómo acabaré odiándote

cómo destrozarás cuanto fue insólito

en este ser,

cómo la vida empírica

nos tornará en autómatas patéticos

hasta llevarnos a la justa antípoda

de nuestro sueño idílico."


"Y sabiendo todo esto, anticipándolo

pueda mirarte directo a los ojos

y conociéndolo muy bien. Sabiendo

el devenir de futuras esdrújulas

destrozando en un pisotón mi brújula

te diga

solo quiéreme."


Daniel Orviz.

1 comentario:

Steppenwolf dijo...

A pesar de que me he visto retratado en algún verso, me quedo con el título.