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martes, 22 de diciembre de 2009

Profecía

Nunca supe si era una canción o un poema, pero a mi madre le encantaba recitarlo con detenimiento, poniendo énfasis y una expresiva fuerza sonora en cada frase. Hoy de repente me vino a la memoria y buscando en google descubrí que era un poema de Rafael De León y también parte de una canción de Leonardo Favio.

Me lo contaron ayer las lenguas de doble filo,
que te casaste hace un mes
y me quedé tan tranquilo...
Otro cualquiera en mi caso, se hubiera echao a llorá,
yo, cruzándome de brazos
dije que me daba igual.
Nada de pegarme un tiro
ni enredarme en maldiciones
ni apedrear con suspiros
los vidrios de tus balcones.
¿Que te has casao? -¡Buena suerte!
Vive cien años contenta
y a la hora de la muerte,
Dios no te lo tenga en cuenta.
Que si al pie de los altares mi nombre se te borró,
por la gloria de mi mare que no te guardo rencor.
Porque sin sé tu marío, ni tu novio, ni tu amante,
yo fui quien más te ha querío,
con eso tengo bastante.
Y haciendo un poco de historia, nos volveremos atrás,
para recordar la gloria de mis días de chaval.
-¿Qué tiene el niño, Malena?Anda como trastornao,
le encuentro cara de pena y el colorcillo quebrao.
Y ya no juega a la tropa, ni tira piedras al río,
ni se destroza la ropa subiéndose a coger níos.
¿No te parece a ti extraño?
No es una cosa muy rara
que un chaval de doce años lleve tan triste la cara?...
Mira que soy perro viejo y estás demasiao tranquila:
¿Quieres que te dé un consejo?Vigila, mujer, ¡vigila!
(Y fueron dos centinelas
los ojitos de mi mare)
-Cuando sale de la escuelase va pa los Olivares.
-Y ¿qué es lo que busca allí? -Una niña.
Tendrá el mismo tiempo que él.
José Miguel, no le riñas, que está empezando a querer.
Mi pare encendió un pitillo, se enteró bien de tu nombre,
y te compró unos zarcillos y a mí un pantalón de hombre.
Yo no te dije ¡te adoro!pero amarré en tu balcón
mi lazo de seda y oro de primera comunión.
Y tú, fina y orgullosa, me ofreciste en recompensa
dos cintas color de rosa
que engalanaban tus trenzas.
-Voy a misa con mis primos.-Bueno, te veré en la Ermita.
Y qué serios nos pusimos al darte el agua bendita.
Mas luego en el campanario, cuando rompimos a hablar:
-Dice mi tiíta Rosario que la cigüeña es sagrá,
y el colorín, y la fuente,y las flores,
y el rocío,y el romero de los montes
y el bronce de esta campana
y aquel torito valiente que está bebiendo en el río,
y aquella cinta lejana que la llaman horizonte.
¡Todo es sagrao: cielo y tierra, porque to lo hizo Dios.
¿Qué te gusta más? ¡Tu pelo! ¡Qué bonito le salió!
-Pues, ¿y tu boca, y tus brazos,
y tus manos redonditas,
y tus pies fingiendo el paso de las palomas zuritas?
Con la pureza de un copo de nieve te comparé;
te revestí de piropos de la cabeza a los pies.
A la vuelta te hice un ramo de pitiminí precioso.
Y luego nos retratamos en el agüita del pozo.
Y hablando de estas pamplinas que se inventan las criaturas,
llegamos hasta la esquina cogidos por la cintura.
Yo te pregunté: -¿En qué piensas?
Tú dijiste: -En darte un beso.
Y yo sentí una vergüenza que me caló hasta los huesos.
De noche, muertos de luna, nos vimos por la ventana.
-¡Chis!... Mi hermanito está en la cuna,
le estoy cantando la nana.
"Quítate de la esquina, chiquillo loco,
que mi mare no quiere ni yo tampoco."
Y mientras que tú cantabas yo, inocente me pensé
que nos casaba la luna como a marío y mujer.
¡Pamplinas! Figuraciones que se inventan los chavales,
después la vía se impone: tanto tienes, tanto vales.
Por eso, yo al enterarme que llevas un mes casá,
no dije que iba a matarme, sino que me daba igual.
Mas como es rico tu dueño,te vendo esta profecía:
Tú, cada noche, entre sueños soñarás que me querías,
y recordarás la tarde que mi boca te besó.
Y te llamarás ¡Cobarde! como te lo llamo yo,
y verás, sueña que sueña, que me morí siendo chico.
Y se llevó la cigüeña mi corazón en su pico.
Pensarás: no es cierto nada. Yo sé que lo estoy soñando.
Pero allá en la madrugada te despertarás llorando,
por el que no es tu marío,ni tu novio, ni tu amante,
sino el que más te ha querío: con eso tengo bastante.
Por lo demás, tó se orvía.
Verás cómo Dios te envía un hijo como una estrella.
Avísame deseguida, me servirá de alegría cantarle la nana aquella:
"Quítate de la esquina, chiquillo loco, que mi mare no quiere ni yo tampoco.
"Pensarás: No es cierto nada. Yo sé que lo estoy soñando".
Pero allá en la madrugada te despertarás llorando
por el que no es tu marío, ni tu novio, ni tu amante,
sino el que más te ha querío: con eso, tengo bastante.

Vendrá la noche

Vendrá la muerte y tendrá tus ojos
esta muerte que nos acompaña
desde el alba a la noche, insomne,sorda,
como un viejo remordimiento o un absurdo defecto.
Tus ojos serán una palabra inútil,un grito callado, un silencio.
Así los ves cada mañana cuando sola te inclinas ante el espejo.
Oh, amada esperanza,aquel día sabremos, también,que eres la vida y eres la nada.
Para todos tiene la muerte una mirada.
Vendrá la muerte y tendrá tus ojos.
Será como dejar un vicio,como ver en el espejo asomar un rostro muerto,
como escuchar un labio ya cerrado.
Mudos, descenderemos al abismo.

Cesare Pavese

lunes, 21 de diciembre de 2009

Nietzsche y el caballo de Turín

Pablo Romero escribe la siguiente nota sobre los últimos años de la vida de Nietzsche:
"En diciembre de 1889 Nietzsche comenzó a atravesar los que se consideran sus últimos días de lucidez mental. Envía las llamadas “cartas de la locura”, a sus amigos y personajes destacados de la época, en donde firma a veces como “El crucificado”, otra veces como “Dionisos”, etc. En esa etapa está enmarcado el célebre episodio de su abrazo a un caballo en plena vía pública, cuando éste era azotado a latigazos por el cochero, al que poco le importaba que el animal no pudiera seguir arrastrando la excesiva carga que se dice llevaba. Nietzsche se abrazó al caballo y no lo quería soltar bajo ninguna circunstancia. Llegó a pedirle disculpas en nombre de la humanidad por la brutalidad humana, mientras la policía acudía a solucionar el asunto. Pero sólo soltó el caballo cuando a la escena llegó el señor Fino, que era quien regenteaba la pensión de Turín donde se alojaba el filósofo y que era dueño de un quiosco ubicado precisamente en la plaza pública donde sucedieron los hechos. Al verlo, Nietzsche lo abrazó, llorando."

miércoles, 9 de diciembre de 2009

Conté mi tiempo


“Conté mis años y descubrí, que tengo menos tiempo para vivir de aquí en adelante, que el que viví hasta ahora...

Me siento como aquel chico que ganó un paquete de golosinas: las primeras las comió con agrado, pero, cuando percibió que quedaban pocas, comenzó a saborearlas profundamente.

Ya no tengo tiempo para reuniones interminables, donde se discuten estatutos, normas, procedimientos y reglamentos internos, sabiendo que no se va a lograr nada.

Ya no tengo tiempo para soportar absurdas personas que, a pesar de su edad cronológica, no han crecido.

Ya no tengo tiempo para lidiar con mediocridades.

No quiero estar en reuniones donde desfilan egos inflados.

No tolero a maniobreros y ventajeros.

Me molestan los envidiosos, que tratan de desacreditar a los más capaces, para apropiarse de sus lugares, talentos y logros.

Detesto, si soy testigo, de los defectos que genera la lucha por un majestuoso cargo.

Las personas no discuten contenidos, apenas los títulos.

Mi tiempo es escaso como para discutir títulos.

Quiero la esencia, mi alma tiene prisa...

Sin muchas golosinas en el paquete...

Quiero vivir al lado de gente humana, muy humana.

Que sepa reír, de sus errores.

Que no se envanezca, con sus triunfos.

Que no se considere electa, antes de hora.

Que no huya, de sus responsabilidades.

Que defienda, la dignidad humana.

Y que desee tan sólo andar del lado de la verdad y la honradez.

Lo esencial es lo que hace que la vida valga la pena.

Quiero rodearme de gente, que sepa tocar el corazón de las personas…

Gente a quien los golpes duros de la vida, le enseñó a crecer con toques suaves en el alma.

Sí… tengo prisa… por vivir con la intensidad que sólo la madurez puede dar.

Pretendo no desperdiciar parte alguna de las golosinas que me quedan…

Estoy seguro que serán más exquisitas que las que hasta ahora he comido.

Mi meta es llegar al final satisfecho y en paz con mis seres queridos y con mi conciencia.

Espero que la tuya sea la misma, porque de cualquier manera llegarás..."



Mario de Andrade (Poeta, novelista, ensayista y musicólogo brasileño)

lunes, 23 de noviembre de 2009

Antes de haber nacido

Lejos donde no llega la voz
Rebota el eco de una imagen muda
El amanecer, con la niebla del recuerdo confundido
Me atrapa y lanza a un viaje veloz

Acercándome al calor de la estrella que persigo
Cuando la noche sólo era el día oscurecido
No existía el dolor amargo del vencido
Cuando vivir no era privilegio restringido
yo podía ser feliz sin ser el elegido

Hasta aquí he llegado
desde aquí he partido
un camino sin descanso que buscó donde nacer
Antes de haber nacido.

Canción inédita de Antonio Vega.

sábado, 21 de noviembre de 2009

Espejo

Hay una noche,
un tiempo hueco, sin testigos,
una noche de uñas y silencio,
páramo sin orillas,
isla de yelo entre los días;
una noche sin nadie
sino su soledad multiplicada.

Se regresa de unos labios
nocturnos, fluviales,
lentas orillas de coral y savia,
de un deseo, erguido
como la flor bajo la lluvia, insomne
collar de fuego al cuello de la noche,
o se regresa de uno mismo a uno mismo,
y entre espejos impávidos un rostro
me repite a mi rostro, un rostro
que enmascara a mi rostro.

Frente a los juegos fatuos del espejo
mi ser es pira y es ceniza,
respira y es ceniza,
y ardo y me quemo y resplandezco y miento
un yo que empuña, muerto,
una daga de humo que le finge
la evidencia de sangre de la herida,
y un yo, mi yo penúltimo,
que sólo pide olvido, sombra, nada,
final mentira que lo enciende y quema.

De una máscara a otra
hay siempre un yo penúltimo que pide.
Y me hundo en mí mismo y no me toco.

Octavio Paz.

domingo, 1 de noviembre de 2009

La muerte

-La muerte es nuestra eterna compañera -dijo don Juan con un aire sumamente serio-. Siempre está a nuestra izquierda, a la distancia de un brazo. Te vigilaba cuando tú vigilabas al halcón blanco; te susurró en la oreja y sentiste su frío, como lo sentiste hoy. Siempre te ha estado vigilando. Siempre lo estará hasta el día en que te toque.
Extendió el brazo y me tocó levemente en el hombro, y al mismo tiempo produjo con la lengua un sonido profundo, chasqueante. El efecto fue devastador; casi volví el estómago.
-Sabes muy bien que la muerte está a nuestra izquierda, igual que tú estabas a la izquierda del halcón blanco.
Sus palabras tuvieron la extraña facultad de provocarme un terror injustificado; la única defensa era mi compulsión de poner por escrito todo cuanto él decía.
¿Cómo puede uno darse tanta importancia sabiendo que la muerte nos está acechando? -preguntó.
Sentí que mi respuesta no era en realidad necesaria. De cualquier modo, no habría podido decir nada. Un nuevo estado de ánimo se había posesionado de mí.
-Cuando estés impaciente -prosiguió-, lo que debes hacer es voltear a la izquierda y pedir consejo a tu muerte. Una inmensa cantidad de mezquindad se pierde con sólo que tu muerte te haga un gesto, o alcances a echarle un vistazo, o nada más con que tengas la sensación de que tu compañera está allí vigilándote.


Volvió a inclinarse y me susurró al oído que, si volteaba de golpe hacia la izquierda, al ver su señal, podría ver nuevamente a mi muerte en el peñasco.
Sus ojos me hicieron una seña casi imperceptible, pero no me atreví a mirar.
Le dije que le creía y que no era necesario llevar más lejos el asunto, porque me hallaba aterrado. Él soltó una de sus rugientes carcajadas.
Respondió que el asunto de nuestra muerte nunca se llevaba lo bastante lejos. Y yo argumenté que para mí no tendría sentido seguir pensando en mi muerte, ya que eso sólo produciría desazón y miedo.
-¡Eso es pura idiotez! -exclamó-. La muerte es la única consejera sabia que tenemos. Cada vez que sientas, como siempre lo haces, que todo te está saliendo mal y que estás a punto de ser aniquilado, vuélvete hacia tu muerte y pregúntale si es cierto. Tu muerte te dirá que te equivocas; que nada importa en realidad más que su toque. Tu muerte te dirá: “Todavía no te he tocado.”
Meneó la cabeza y pareció aguardar mi respuesta. Yo no tenía ninguna. Mis pensamientos corrían desenfrenados. Don Juan había asestado un tremendo golpe a mi egoísmo. La mezquindad de molestarme con él era monstruosa a la luz de mi muerte.
Tuve el sentimiento de que se hallaba plenamente consciente de mi cambio de humor. Había vuelto las tablas a su favor. Sonrió y empezó a tararear una canción ranchera.
-Sí -dijo con suavidad, tras una larga pausa-. Uno de los dos aquí tiene que cambiar, y aprisa. Uno de nosotros tiene que aprender de nuevo que la muerte es el cazador, y que siempre está a la izquierda. Uno de nosotros tiene que pedir consejo a la muerte y dejar la pinche mezquindad de los hombres que viven sus vidas como si la muerte nunca los fuera a tocar.

La muerte como consejera
Viaje a Ixtlan
Carlos Castaneda