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jueves, 29 de julio de 2010
Recuerda/ Christina Rossetti
cuando, bajo la tierra silenciosa
no me alcance tu mano temblorosa
ni pueda desandar lo recorrido.
Recuérdame sin más cuando perdido
el sueño que soñaste, cual la rosa,
se deshoje, pues ya ninguna cosa,
promesa o ruego, llegará a mi oído.
Mas si me olvidas por un tiempo, amado,
al reparar en ello no te aflijas.
Si la muerte y los vermes han dejado
algún vestigio de mi pensamiento,
prefiero que me olvides si contento
estás a que me evoques y te aflijas"
Charlas con Troylo/ Antonio Gala
Corrías sobre el césped del jardín, vivo y dichoso, abanderando el rabo. Corrías hacia mí, me reclamabas. Tu ladrido pequeño henchía la mañana.
He alargado la mano, todavía dormido, buscando por la cama a tientas tu cabeza. Sin encontrarte, Troylo.
He encendido la luz. No estabas, Troylo.
No volverás a estar...
Dicen que no se pierde sino lo que nunca se tuvo. Es mentira.
Yo te tuve: te tuve y no te tengo.
Al pie del olivo que juntos estrenamos, una calva en el césped indica dónde estás.
El césped que plantamos hace nada para que tú corrieras, divertido, sobre él; para que tú, al venir la primavera y su templado soplo, te revolcaras jugando sobre él.
Tú no tendrás más primaveras, Troylo.
Ahora eres tú quien abona ese césped. En esto acaba todo.
¿Quién puede hacerse cargo de tal contradicción?
¿Pueden morir del todo alguna vez unos ojos que se han mirado tanto, se han entendido tanto, se han consolado tanto?
Quizá tú ahora habitas con quien más has querido.
Quizá tú ahora eres —si es que eres— más feliz que conmigo.
Quizá tú trotas, moviendo la menuda grupa, por los verdes campos del Edén. Pero durante once años y medio anduviste enredado a mis piernas;
arrebujaste tu lealtad a mi vera;
me seguiste a dos pasos por este mundo que, sin ti, no es el mismo. Continuarán los pájaros y los amaneceres, el chorro de la fuente ascenderá en el aire, como la vida, sólo para caer.
Pero no estarás tú, Troylo, compañero irrepetible mío.
Nunca más, nunca más.
Ya no habrá que sacarte a la calle tres veces cada día,
ni tampoco habrá que sacarte las muelas de noviembre,
ni acercarás resoplando el hocico a los respiraderos de los coches,
ni te asomaras encantado por las ventanillas,
ni me recibirás —enloquecido el rabo, ladrando y manoteando— a la puerta de la casa.
Ya no habrá que secarte cuando llueva,
ni cepillarte por la mañana al salir de la ducha,
ni reñirte porque pides comida: ya no sabré qué hacer con el trocito último del filete...
Nunca más.
Y no me hago a la idea.
¿Qué es lo que has hecho, Troylo?
Quiero dormir para soñar contigo,
para jugar contigo y regañarte, para no comprobar que te he perdido.
Con la garganta apretada he mandado hoy retirar tus breves propiedades:
tu toalla, tu manta, tu cepillo, tu peine y tus correas...
Las he mandado retirar, pero no lejos.
Porque a lo mejor una mañana te veo regresar, alegre y frágil, cariñoso y sonoro.
(Acaso esta pesadilla es una broma tuya, y se abrirá una puerta y tú aparecerás. De mis oídos no se quita el ritmo de tus pasos, ni la impaciencia de tu cascabel.)
O a lo mejor soy yo el que se acerca una mañana a ti —quién sabe— y te silbo y te llamo y tú levantas la cabeza con el gesto de siempre.
No te preocupes, Troyio: si nada dura —ni el amor—, tampoco la muerte durará.
En donde sea, estaremos todos juntos de nuevo, riendo y bromeando.
Si no, no habría derecho.
Mientras entró y salió la gente de mi vida —de nuestra vida—,
tú permaneciste a mi lado, imperturbable, fiel, idéntico, amoroso.
Juntos pasamos por la compañía y por la soledad.
Llegaste, Troylo, a ser yo mismo de otro modo.
El infortunio o el gozo, siempre los compartimos.
Quien a mí me dejó, te dejó a ti, y te quería quien a mí me quiso.
Me hablaba yo, y era a ti a quien hablaba.
La muerte se ha interpuesto en la conversación una vez más, la muerte.
Ahora sí que envejezco, ahora si que estoy solo.
Es la primera vez que te has portado mal conmigo.
Desde la ventana veré y el olivo y a tí al pie del olivo.
Troylo, amigo mio, interminablemante bajo el césped.
La muerte ha interrumpido nuestras charlas.
Descansa en paz,
Nadie jamás podrá sustituirte.
Hasta luego.
Hasta después."
sábado, 10 de julio de 2010
Lento pero viene
el futuro se acerca
despacio
pero viene
hoy está más allá
de las nubes que elige
y más allá del trueno
y de la tierra firme
demorándose viene
cual flor desconfiada
que vigila al sol
sin preguntarle nada
iluminando viene
las últimas ventanas
lento pero viene
las últimas ventanas
lento pero viene
el futuro se acerca
despacio
pero viene
ya se va acercando
nunca tiene prisa
viene con proyectos
y bolsas de semillas
con angeles maltrechos
y fieles golondrinas
despacio pero viene
sin hacer mucho ruido
cuidando sobre todo
los sueños prohibidos
los recuerdos yacentes
y los recién nacidos
lento pero viene
el futuro se acerca
despacio
pero viene
ya casi está llegando
con su mejor noticia
con puños con ojeras
con noches y con días
con una estrella pobre
sin nombre todavía
lento pero viene
el futuro real
el mismo que inventamos
nosotros y el azar
cada vez más nosotros
y menos el azar
lento pero viene
el futuro se acerca
despacio
pero viene
lento pero viene
lento pero viene
lento pero viene
M. Benedetti.
Zanahorias, huevos y café
La hija esperó impacientemente, preguntándose qué estaría haciendo su padre.
A los veinte minutos el padre apagó el fuego. Sacó las zanahorias, y las colocó en un bol. Sacó los huevos, y los colocó en otro bol. Coló el café y lo puso en un tercer bol.
Ella lo hizo y notó que estaban blandas.
Ella sonrió mientras disfrutaba de su rico aroma.
La zanahoria llegó al agua fuerte, dura. Pero después de pasar por el agua hirviendo se había vuelto débil, estaba hecha pulpa, casi deshecha.
El huevo había llegado al agua frágil. La cáscara fina protegía su interior. Pero después de estar en agua hirviendo, su interior se había endurecido.
Los granos de café, sin embargo, eran únicos.
Después de estar en agua hirviendo, habían cambiado al agua.
lunes, 24 de mayo de 2010
Por qué no quiero tener hijos/ Miquel Silvestre
Rousseu veía todo eso como toda una completa farse de serviedumbre y deshumanización. A él le debemos la idealización del hombre primitivo, del verdadero ser asocial, del no contaminado. Lo que dio en llamar "buen salvaje", libre de toda injerencia, de toda educación colectiva, de toda contaminación. Un ser bueno en suma, pues el hombre no asociado es generoso de por sí. Pero aun admitiendo como bueno semejante disparate, ¿dónde podríamos encontrar hoy en día un buen salvaje?
Sin duda, lo más próximo que el homo contemporaneus puede estar del buen salvaje (ese animal puro, no contaminado por los virus nefandos de la humanidad asociada) se encuentra en su estadio infantil. Así, el Niño es el ser humano más lejano al hombre, entendido éste como conglomerado de influencias, conciencias, complejos y perversiones colectivas, como producto perfecto del contrato social con otros hombres.
Dice Pascal Bruckner, el nuevo enfant terrible del ensayismo francés, que el hombre moderno quiere ser niño perpetuo y víctima ficticia con el propósito de reclamar para sí los privilegios de la irresponsabilidad y de la compensación sin cese.
Pero ¿desde cuándo los niños han empezado a ser mimados, a ser contemplados con arrobada sorpresa, maravillados todos ante la más mínima de sus muestras de animalidad? Porque eso es algo nuevo, radicalmente novedoso. De hecho, El Niño no existía en la antiguedad. El infante no era nada, sólo una cosa frágil que no merecía mucho cuidado, un mero proyecto con escasas probabilidades de sobrevivir debido a la altísima mortalidad infantil. De hecho, no será hasta el renacimiento cuando a Jesús se le represente como un niño. Hasta entonces era un hombre en miniatura en brazos de una Virgen triste.
Sin embargo, con la educación religiosa, ya en el XVII, en las clases acomodadas empieza a germinar la familia como centro de afectos privados, y la concepción de la infancia como un terreno fértil al que hay que proteger. Pero al crío se le tiene como folio en blanco, como madera joven que ha de ser enderezada, tutelada, dirigida.
Pero eso ha sido así hasta la época actual, en que se ha retomado con alborozo el concepto roussoniano de buen salvaje, aunque quizá deformado hasta la caricatura. Hoy, como consecuencia de un rechazo general por el propio sistema cultural y político de Occidente (pero inhábil, cobarde, irreal, ya que nadie quiere renunciar en realidad a su prosperidad de burgués acomodado y consumista, verdadera causa de la injusticia global), se adora a los niños, a los rebeldes, a los artistas y a los indígenas primitivos y atávicos como sujetos libres de prejuicios, y por tanto sabios de forma natural, indeducada, instintiva.
Lo que se ha acabado entendiendo como sabiduría real y verdadera.
Así, nuestro buen salvaje doméstico, el Niño, se ha convertido en el centro del universo, en sujeto de culto, en fierecilla indomable al que todo le está permitido. Donde antes había represión, disciplina y una sucesión interminable de negaciones, hoy hay cucamonas y carantoñas.
Alegría boba ante cualquier salida irreflexiva del monstruo.
Padres torturados por la mala conciencia, y envidiosos de la saludable espontaneidad de su retoño, toleran con una sonrisa todos los graznidos histéricos, todas las pataletas, todas las imposiciones, todas las demandas urgentes y perentorias.
Porque el Niño es ante todo y sobre todo un monstruo destructor, y un consumidor insaciable. Y todos queremos ser como él. Porque creemos que es puro.
Y sobre todo, porque obtiene protección y mimos permanentes.
Por eso yo no quiero tener hijos.
No es que no crea que el mundo es lugar espantoso, que todavía lo será más en el futuro, que la humanidad apesta y que el germen de todo mal se encuentra en el fondo de cada ser humano. Sin duda lo creo, pero eso no me impediría en absoluto traer un humano más a la ciénaga. Y no me importaría porque a mí nadie me preguntó, y porque si mi hijo considerase que la vida es insufrible, a él le correspondería ponerle fin.
En suma, porque desde un punto de vista biológico, la única misión clara que le veo a esta especie detestable es perpetuarse.
Como todas las especies.
No, si yo no quiero hijos no es por una angustia existencial superlativa, sino porque no quiero un monstruo a mi lado. Y menos un monstruo admirable. Y encima un monstruo consciente de sus privilegios. No quiero compartir mi espacio, mi vida, mis comodidades con un ser humano glotón, aullador, obeso y consumidor inagotable de gominolas, televisión basura y marcas deportivas, tan caras como uniformizantes.
No han faltado, sin embargo, quienes me han sugerido que la educación puede evitar ese resultado. Que un férreo control sobre amistades, programas televisivos, horarios, asignaturas, profesores,lugar de juego, de residencia, de vida en suma, podría alterar el natural destino monstruoso del infante.
Me proponen así, !nada menos!, que me convierta en esclavo de mi hijos para tratar de subvertir -ahí es nada- el orden natural del mundo, de la socieadad circundante, de la contemporaneidad pos-posmoderna para hacer del niño una especie de ser perfecto, silencioso, educado, pero aislado en una aséptica burbuja protectora de acero germánico. Me proponen que persiga todos los fantasmas colectivos que se puedan colar por las fisuras de la barrera a fin de conseguir un niño puro, disciplinado, valiente, firme, autosuficiente, sano y generoso.
Y yo digo no. Y mil veces no. Porque no es que me estén planteando un esfuerzo sobrehumano. Tan titánico, como inútil. Sino que aun si fuera factible, si realmente consiguiera ese aislamiento, saldría de esa burbuja un ser tan distanciado de sus congéneres contemporáneos, tan alejado de la normalidad compartida, tan excéntrico en suma, que sólo podría ser un adulto inadaptado.
Un monstruo, en definitiva.
Como su padre.
martes, 20 de abril de 2010
Si vas a intentarlo, ve hasta el final
De lo contrario, no empieces siquiera
Tal vez suponga perder novias, esposas, familia, trabajo
Y quizás la cabeza
Tal vez suponga no comer durante tres o cuatro días
Tal vez suponga helarte en el banco de un parque
Tal vez suponga la cárcel, tal vez suponga humillación
Tal vez suponga desdén, asilamiento.
El aislamiento es el premio.
Todo lo demás es para poner a prueba tu resistencia.
Tus auténticas ganas de hacerlo. Y lo harás.
A pesar del rechazo, además de las ínfimas probabilidades.
Y será mejor que cualquier cosa que pudieras imaginar.
Si vas a intentarlo, ve hasta el final.
No existe una sensación igual.
Estarás solo con los dioses
y las noches arderán en llamas.
Llevarás las riendas de la vida hasta la risa perfecta.
Es por lo único que vale la pena luchar.
Charles Bukowski
El Genio de la Multitud
necedad en el ser humano corriente
como para abastecer cualquier ejército o cualquier jornada.
Y los mejores asesinos son aquellos que predican en su contra
y los que mejor odian son aquellos que predican amor
y los que mejor luchan en la guerra son _al final_ aquellos que predican paz.
Aquellos que hablan de Dios necesitan a Dios.
Aquellos que predican paz No Tienen Paz.
Aquellos que predican Amor No Tienen Amor.
Cuidado con los predicadores.
Cuidado con los que saben.
Cuidado con aquellos que Siempre están leyendo libros.
Cuidado con aquellos que detestan la pobreza o están orgullosos de ella.
Cuidado con aquellos de alabanza rápida, pues necesitan que se les alabe a cambio.
Cuidado con aquellos que censuran con rapidez, tienen miedo de lo que no conocen.
Cuidado con aquellos que necesitan constantes multitudes, no son nada solos.
Cuidado con el Hombre corriente, con la Mujer corriente, Cuidado con su Amor.
Su amor es corriente, busca lo corriente, pero es un genio al odiar.
Es lo suficientemente genial al odiar como para matarte, como para matar a cualquiera.
Al no querer la soledad, al no entender la soledad intentarán destruir cualquier cosa que lo difiera de lo suyo.
Al No Ser Capaces de Crear arte No Entenderán el Arte.
Considerarán su fracaso como creadores, sólo como un fracaso del mundo.
Al No Ser Capaces de Amar Plenamente, Creerán que tu Amor es Incompleto y entonces te odiarán.
Y su Odio será perfecto, como un diamante resplandeciente
Como una Navaja
Como una Montaña
Como un Tigre
Como una Cicuta
Su Mejor
ARTE.
"Charles Bukowski"