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lunes, 24 de mayo de 2010

Por qué no quiero tener hijos/ Miquel Silvestre

Siempre ha habido quien ha despreciado la sociedad en la que se encuentra socializado. En la antiguedad, uno de los prototipos más perfectos de militante asocial fue Diógenes de Sínope pero en la edad moderna quizá quien más destaca por su beligerancia antisocial es Rousseu. Y lo hace por su feroz rechazo al cuerpo social, a sus normas y a sus convenciones.


Rousseu veía todo eso como toda una completa farse de serviedumbre y deshumanización. A él le debemos la idealización del hombre primitivo, del verdadero ser asocial, del no contaminado. Lo que dio en llamar "buen salvaje", libre de toda injerencia, de toda educación colectiva, de toda contaminación. Un ser bueno en suma, pues el hombre no asociado es generoso de por sí. Pero aun admitiendo como bueno semejante disparate, ¿dónde podríamos encontrar hoy en día un buen salvaje?

Sin duda, lo más próximo que el homo contemporaneus puede estar del buen salvaje (ese animal puro, no contaminado por los virus nefandos de la humanidad asociada) se encuentra en su estadio infantil. Así, el Niño es el ser humano más lejano al hombre, entendido éste como conglomerado de influencias, conciencias, complejos y perversiones colectivas, como producto perfecto del contrato social con otros hombres.

Dice Pascal Bruckner, el nuevo enfant terrible del ensayismo francés, que el hombre moderno quiere ser niño perpetuo y víctima ficticia con el propósito de reclamar para sí los privilegios de la irresponsabilidad y de la compensación sin cese.

Pero ¿desde cuándo los niños han empezado a ser mimados, a ser contemplados con arrobada sorpresa, maravillados todos ante la más mínima de sus muestras de animalidad? Porque eso es algo nuevo, radicalmente novedoso. De hecho, El Niño no existía en la antiguedad. El infante no era nada, sólo una cosa frágil que no merecía mucho cuidado, un mero proyecto con escasas probabilidades de sobrevivir debido a la altísima mortalidad infantil. De hecho, no será hasta el renacimiento cuando a Jesús se le represente como un niño. Hasta entonces era un hombre en miniatura en brazos de una Virgen triste.

Sin embargo, con la educación religiosa, ya en el XVII, en las clases acomodadas empieza a germinar la familia como centro de afectos privados, y la concepción de la infancia como un terreno fértil al que hay que proteger. Pero al crío se le tiene como folio en blanco, como madera joven que ha de ser enderezada, tutelada, dirigida.

Pero eso ha sido así hasta la época actual, en que se ha retomado con alborozo el concepto roussoniano de buen salvaje, aunque quizá deformado hasta la caricatura. Hoy, como consecuencia de un rechazo general por el propio sistema cultural y político de Occidente (pero inhábil, cobarde, irreal, ya que nadie quiere renunciar en realidad a su prosperidad de burgués acomodado y consumista, verdadera causa de la injusticia global), se adora a los niños, a los rebeldes, a los artistas y a los indígenas primitivos y atávicos como sujetos libres de prejuicios, y por tanto sabios de forma natural, indeducada, instintiva.

Lo que se ha acabado entendiendo como sabiduría real y verdadera.

Así, nuestro buen salvaje doméstico, el Niño, se ha convertido en el centro del universo, en sujeto de culto, en fierecilla indomable al que todo le está permitido. Donde antes había represión, disciplina y una sucesión interminable de negaciones, hoy hay cucamonas y carantoñas.

Alegría boba ante cualquier salida irreflexiva del monstruo.

Padres torturados por la mala conciencia, y envidiosos de la saludable espontaneidad de su retoño, toleran con una sonrisa todos los graznidos histéricos, todas las pataletas, todas las imposiciones, todas las demandas urgentes y perentorias.

Porque el Niño es ante todo y sobre todo un monstruo destructor, y un consumidor insaciable. Y todos queremos ser como él. Porque creemos que es puro.

Y sobre todo, porque obtiene protección y mimos permanentes.

Por eso yo no quiero tener hijos.

No es que no crea que el mundo es lugar espantoso, que todavía lo será más en el futuro, que la humanidad apesta y que el germen de todo mal se encuentra en el fondo de cada ser humano. Sin duda lo creo, pero eso no me impediría en absoluto traer un humano más a la ciénaga. Y no me importaría porque a mí nadie me preguntó, y porque si mi hijo considerase que la vida es insufrible, a él le correspondería ponerle fin.

En suma, porque desde un punto de vista biológico, la única misión clara que le veo a esta especie detestable es perpetuarse.

Como todas las especies.

No, si yo no quiero hijos no es por una angustia existencial superlativa, sino porque no quiero un monstruo a mi lado. Y menos un monstruo admirable. Y encima un monstruo consciente de sus privilegios. No quiero compartir mi espacio, mi vida, mis comodidades con un ser humano glotón, aullador, obeso y consumidor inagotable de gominolas, televisión basura y marcas deportivas, tan caras como uniformizantes.

No han faltado, sin embargo, quienes me han sugerido que la educación puede evitar ese resultado. Que un férreo control sobre amistades, programas televisivos, horarios, asignaturas, profesores,lugar de juego, de residencia, de vida en suma, podría alterar el natural destino monstruoso del infante.

Me proponen así, !nada menos!, que me convierta en esclavo de mi hijos para tratar de subvertir -ahí es nada- el orden natural del mundo, de la socieadad circundante, de la contemporaneidad pos-posmoderna para hacer del niño una especie de ser perfecto, silencioso, educado, pero aislado en una aséptica burbuja protectora de acero germánico. Me proponen que persiga todos los fantasmas colectivos que se puedan colar por las fisuras de la barrera a fin de conseguir un niño puro, disciplinado, valiente, firme, autosuficiente, sano y generoso.

Y yo digo no. Y mil veces no. Porque no es que me estén planteando un esfuerzo sobrehumano. Tan titánico, como inútil. Sino que aun si fuera factible, si realmente consiguiera ese aislamiento, saldría de esa burbuja un ser tan distanciado de sus congéneres contemporáneos, tan alejado de la normalidad compartida, tan excéntrico en suma, que sólo podría ser un adulto inadaptado.

Un monstruo, en definitiva.

Como su padre.

martes, 20 de abril de 2010

Si vas a intentarlo, ve hasta el final

Si vas a intentarlo, ve hasta el final
De lo contrario, no empieces siquiera
Tal vez suponga perder novias, esposas, familia, trabajo
Y quizás la cabeza
Tal vez suponga no comer durante tres o cuatro días
Tal vez suponga helarte en el banco de un parque
Tal vez suponga la cárcel, tal vez suponga humillación
Tal vez suponga desdén, asilamiento.
El aislamiento es el premio.
Todo lo demás es para poner a prueba tu resistencia.
Tus auténticas ganas de hacerlo. Y lo harás.
A pesar del rechazo, además de las ínfimas probabilidades.
Y será mejor que cualquier cosa que pudieras imaginar.
Si vas a intentarlo, ve hasta el final.
No existe una sensación igual.
Estarás solo con los dioses
y las noches arderán en llamas.
Llevarás las riendas de la vida hasta la risa perfecta.
Es por lo único que vale la pena luchar.

Charles Bukowski

El Genio de la Multitud

Hay suficiente traición, odio, violencia,
necedad en el ser humano corriente
como para abastecer cualquier ejército o cualquier jornada.
Y los mejores asesinos son aquellos que predican en su contra
y los que mejor odian son aquellos que predican amor
y los que mejor luchan en la guerra son _al final_ aquellos que predican paz.
Aquellos que hablan de Dios necesitan a Dios.
Aquellos que predican paz No Tienen Paz.
Aquellos que predican Amor No Tienen Amor.
Cuidado con los predicadores.
Cuidado con los que saben.
Cuidado con aquellos que Siempre están leyendo libros.
Cuidado con aquellos que detestan la pobreza o están orgullosos de ella.
Cuidado con aquellos de alabanza rápida, pues necesitan que se les alabe a cambio.
Cuidado con aquellos que censuran con rapidez, tienen miedo de lo que no conocen.
Cuidado con aquellos que necesitan constantes multitudes, no son nada solos.
Cuidado con el Hombre corriente, con la Mujer corriente, Cuidado con su Amor.
Su amor es corriente, busca lo corriente, pero es un genio al odiar.
Es lo suficientemente genial al odiar como para matarte, como para matar a cualquiera.
Al no querer la soledad, al no entender la soledad intentarán destruir cualquier cosa que lo difiera de lo suyo.
Al No Ser Capaces de Crear arte No Entenderán el Arte.
Considerarán su fracaso como creadores, sólo como un fracaso del mundo.
Al No Ser Capaces de Amar Plenamente, Creerán que tu Amor es Incompleto y entonces te odiarán.
Y su Odio será perfecto, como un diamante resplandeciente
Como una Navaja
Como una Montaña
Como un Tigre
Como una Cicuta
Su Mejor
ARTE.

"Charles Bukowski"

viernes, 19 de marzo de 2010

Los signos de la inmortalidad

Aunque mis ojos ya no puedan ver
ese puro destello que me deslumbraba.
Aunque ya nada pueda devolverme
las horas de esplendor en la hierba,
de la gloria en las flores,
no debemos afligirnos,
pues siempre, la belleza subsiste en el recuerdo..
Pues aunque el resplandor que en otro tiempo fue tan brillante
hoy esté por siempre oculto a mis miradas,
aunque nada pueda hacer volver la hora
del esplendor en la hierba, de la gloria en las flores,
no debemos afligirnos, pues encontraremos
fuerza en el recuerdo,
en aquella primera simpatía
que habiendo sido una vez, habrá de ser por siempre,
en los sosegados pensamientos que brotaron
del humano sufrimiento
y en la fe que mira a través de la muerte,
y en los años, que traen consigo las ideas filosóficas.
...............
....................
Gracias al corazón humano, por el cual vivimos,
gracias a su ternuras, a sus alegrías, y a sus temores
la flor más humilde, al florecer, puede inspirarme
ideas que, a menudo, se muestran demasiado profundas para las lágrimas..


Sobre estos versos de la Oda "Intimations of inmortality" de William Wordsworth, Elia Kazan construye una gran obra maestra: Esplendor en la hierba.

La insorportable levedad del ser

El hombre nunca puede saber qué debe querer, porque vive sólo una vida y no tiene modo de compararla con sus vidas precedentes ni de enmendarla en sus vidas posteriores. No existe posibilidad alguna de comprobar cuál de las decisiones es la mejor, porque no existe comparación alguna. El hombre lo vive todo a la primera y sin preparación. Como si un actor representase su obra sin ningún tipo de ensayo. Pero ¿qué valor puede tener la vida si el primer ensayo para vivir es ya la vida misma? Por eso la vida parece un boceto. Pero ni un boceto es la palabra precisa, porque un boceto es siempre un borrador de algo, la preparación para un cuadro, mientras que el boceto que es nuestra vida es un boceto para nada, un borrador sin cuadro. /.../ Si cada uno de los instantes de nuestra vida se va a repetir infinitas veces, estamos clavados a la eternidad como Jesucristo a la cruz. La imagen es terrible. En el mundo del eterno retorno descansa sobre cada gesto el peso de una insoportable responsabilidad. Ése es el motivo por el cual Nietzsche llamó a la idea del eterno retorno la carga más pesada. Pero si el eterno retorno es la carga más pesada, entonces nuestras vidas pueden aparecer, sobre ese telón de fondo, en toda su maravillosa levedad. /.../ La carga más pesada nos destroza, somos derribados por ella, nos aplasta contra la tierra. Pero en la poesía amatoria de todas las épocas la mujer desea cargar con el peso del cuerpo del hombre. La carga más pesada es por lo tanto, a la vez, la imagen de la más intensa plenitud de la vida. Cuanto más pesada sea la carga, más a ras de tierra estará nuestra vida, más real y verdadera será. Por el contrario, la ausencia absoluta de carga hace que el hombre se vuelva más ligero que el aire, vuele hacia lo alto, se distancie de la tierra, de su ser terreno, que sea real sólo a medias y sus movimientos sean tan libres como insignificantes.


Milan Kundera

viernes, 12 de marzo de 2010

Unas manos


Cuando no sabía aún que yo vivía en unas manos,
ellas pasaban sobre mi rostro y mi corazón.

Yo sentía que la noche era dulce
como una leche silenciosa. Y grande.
Mucho más grande que mi vida.
Madre: era tus manos y la noche juntas.
Por eso aquella oscuridad me amaba.

No lo recuerdo pero está conmigo.
Donde yo existo más, en lo olvidado,
están las manos y la noche.
A veces,
cuando mi cabeza cuelga sobre la tierra
y ya no puedo más y está vacío el mundo,
alguna vez, sube el olvido
aún al corazón.
Y me arrodillo
a respirar sobre tus manos.
Bajo
y tú escondes mi rostro; y soy pequeño;
y tus manos son grandes; y la noche
viene otra vez,
viene otra vez.
Descanso de ser hombre,
descanso de ser hombre.

A. Gamoneda

Las palmeras salvajes -William Faulkner-

No es que pueda vivir, es que quiero. Es que yo quiero.
La vieja carne al fin, por vieja que sea.
Porque si la memoria existiera fuera de la carne no sería memoria
porque no sabría de que se acuerda
y así cuando ella dejó de ser,
la mitad de la ceremonia dejó de ser
y si yo dejara de ser todo el recuerdo, dejaría de ser.
Sí, pensó.
Entre la pena y la nada elijo la pena.